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Non Dubito

Cuentos de hadas · 20

Riquete hace inteligente a la princesa: ¿admite esa ayuda que ella reconsidere la boda?

Riquete el del Copete · Dar capacidad de juzgar no permite reservar de antemano la conclusión a la que deberá llegar quien la recibe.

Han Qin ·

La princesa entra en el bosque para pensar sola en un matrimonio. Su padre le permite elegir y hay pretendientes que le gustan, pero no se ha decidido. Oye bajo los pies utensilios y pasos. La tierra se abre y aparece una cocina atareada: transportan platos, avivan fuegos, preparan un gran banquete. ¿Para quién? Para el príncipe Riquete, que se casa mañana.

Solo entonces recuerda que hace un año le prometió casarse. Fuera del bosque esperan su decisión; debajo, todos creen que está tomada. Poco después aparece él, vestido con magnificencia y feliz. Ignora que ella piensa en otras propuestas. Cree que ambos cumplen por fin el acuerdo cuyo plazo termina.

Perrault hace divertido el reencuentro. Ella no tramó faltar a su palabra tras recibir ayuda: sencillamente olvidó aquella respuesta dentro de su nueva vida. El cuento atribuye incluso el olvido al cambio: al volverse inteligente dejó atrás las cosas poco sensatas de antes. Lo que ella olvidó, sin embargo, seguía siendo el futuro de él. Para esas palabras ha preparado una boda.

Un año antes no tenía esas opciones. Bellísima, no sabía conversar y se equivocaba en sus modales. La gente la admiraba un momento y se acercaba después a su hermana ingeniosa. Ella lo veía y sufría. Las reprimendas de su madre aumentaban la pena hasta que se refugió sola en el bosque. No debemos imaginarla sin vida interior por carecer de inteligencia: antes de la magia ya percibía el trato ajeno y sabía decir qué quería cambiar.

Riquete era lo contrario. Poco agraciado, conversaba, comprendía y respondía bien. Había visto sus retratos y viajado expresamente para conocerla; la trató con cortesía. Al oír que preferiría cambiar belleza por entendimiento, ofreció una ayuda efectiva: podía dar inteligencia a quien más amara, si ella consentía en casarse al cabo de un año.

Ella vaciló. Él le concedió un año entero, una duración que entonces parecía interminable. La urgencia de cambiar volvió lejana la boda. Aceptó y recibió inmediatamente el don. Mantuvieron enseguida una conversación brillante; a Riquete le pareció incluso haberle dado más inteligencia de la que conservaba para sí.

No fue una ayuda vacía. En palacio empezaron a escucharla seriamente. Su padre pidió consejo y hasta reunió a otros para tratar asuntos en sus habitaciones. Llegaron príncipes a pedir su mano; ella ya no aceptaba con facilidad, comparando conversación, carácter y compañía. Riquete no le dio solo palabras más agradables para una mesa, sino capacidad de comparar vidas. Precisamente por funcionar, la ayuda hizo necesario pensar más el matrimonio.

En el aniversario dice sin rodeos que sigue indecisa y quizá no pueda decidir como él espera. Sabe que dolerá e intenta explicarlo. Un hombre incapaz de escuchar la encerraría en «lo prometiste». Pero él tiene entendimiento: debería comprender que ahora ve mejor y por ello le cuesta aceptar lo que antes no podía pensar realmente.

Hay gratitud y una pregunta. La ayuda es verdadera; ¿puede ese nuevo juicio examinar también las condiciones en que recibió la ayuda? Si puede servir para asuntos de Estado, amigos y otros pretendientes, pero no para reconsiderar esta boda, hay una puerta prohibida a esa capacidad. Ilumina toda la vida y debe apagarse ante quien la dio.

Riquete no cede de inmediato. ¿Por qué ser inteligente habría de hacerlo perder promesas con más facilidad que a un hombre violento e irracional? Su felicidad está en juego. Escuchar razones con educación no vuelve inexistente su esperanza. La réplica tiene peso: «deberías comprender» no puede exigir que quien escucha asuma toda la pérdida sin más.

No es un conflicto donde solo una parte tenga razón. Ella no puede pedirle que olvide su espera y confianza; él no puede apartar del compromiso la comprensión que ella acaba de ganar. Lo antiguo requiere respuesta, no necesariamente cumplimiento idéntico. Explicar, reconocer la decepción y saber que se la causa no son lo mismo que deber repararla mediante matrimonio.

Tener más opciones no la vuelve automáticamente mejor persona. Un acuerdo hecho entre pocas posibilidades no desaparece porque surjan otras. Aquí hay algo particular: la capacidad nueva no es una fortuna accidental y ajena a la promesa. La ayuda de él transforma cómo ella la entiende. Él desea que la boda se cumpla y ha contribuido a crear más razones para reconsiderarla.

Perrault no los separa ahí. Riquete pregunta qué le disgusta, además del aspecto, en su origen, inteligencia, carácter o maneras. Ella responde que todo eso le agrada. La conversación deja de girar solo en torno a la obligación y se dirige a alguien concreto: qué merece cercanía en la persona presente y qué provoca vacilación.

Él revela entonces otro don del hada: la princesa puede volver hermoso a quien ame. Ella desea sinceramente que sea el más bello y adorable, y él cambia ante sus ojos. El narrador deja también otra posibilidad: quizá no hubo nueva magia. Al apreciar paciencia, mesura y cualidades, dejó de verlo de la misma manera.

No hace falta eliminar una de las explicaciones. Puede cambiar el cuerpo por magia o la mirada por amor. En ambas lecturas, tras la conversación ella vuelve a prometer: si su padre consiente, se casará. El resultado coincide con el acuerdo anterior, pero ha pasado por una nueva respuesta de quien ella es ahora.

La vacilación no fue un rodeo inútil. Sin ella solo habría ayuda recibida, plazo cumplido y boda, sin que la inteligencia entrase en el asunto que más afectaba su vida. Haber dicho que quizá no quería y explicado qué valoraba en él hace que el sí no sea solo eco de hace un año. La misma respuesta puede nacer de una comprensión mayor.

No es, aun así, una conversación con todas las condiciones igualadas. Él no asegura antes aceptar cualquier decisión ni retira el compromiso. Banquete, espera, rango y sentimientos ya están ahí. Podemos aceptar el amor final sin declararlo ilusorio por desconfianza. Tampoco debemos añadir la libertad incondicional que el cuento no escribió.

Riquete no empieza a merecer atención solo cuando cambia de aspecto. Su conversación y comprensión ya hicieron posible el diálogo. Ella tampoco obtiene por primera vez dolor propio al ganar inteligencia. Ambos existían antes del don del otro. Lo estrecho de los criterios con que eran juzgados hace parecer que la magia les concede por primera vez la condición de personas dignas de ser amadas y escuchadas.

Cuando la ayuda funciona de verdad, quien la da quizá afronta su resultado más difícil: el otro formula objeciones más claras también contra él. Enseñar a pensar no reserva la conclusión. Abrir un camino no obliga a terminarlo donde se deseaba. Si solo llamamos exitosa la capacidad de asentir mejor, el don aún lleva un hilo oculto.

Dar tampoco exige carecer de deseos. Él quiere amor; ella, comprensión. Ambos pueden decirlo. Una relación no necesita respuestas incapaces de decepcionar, sino que, después de la decepción, puedan discutirse motivos concretos sin declarar enseguida a una persona ingrata y a la otra únicamente exigente.

El padre acepta a Riquete y la boda sigue los preparativos antiguos. La cocina subterránea no trabajó en vano; Perrault conserva su ligera confianza en el amor. Hemos visto, no obstante, una pregunta nueva interrumpir una boda aparentemente puntual. Mesas preparadas, dones ya entregados y promesas reales no pueden ahorrar a quienes se sientan la respuesta de si quieren hacerlo ahora.

Fuentes

Ensayo español completo e independiente del chino publicado, no una nueva traducción íntegra de Perrault. Se mantienen las dos posibilidades del desenlace y la respuesta nueva sin inventar una renuncia previa de Riquete a sus expectativas. El juicio propio, la gratitud, la decepción y el consentimiento matrimonial son asuntos distintos, no una única obligación.

Nota de versión y lectura

La base es Riquet à la Houppe de Charles Perrault, transcripción francesa de Histoires ou Contes du temps passé (1697), páginas originales 149–182. El ensayo atiende a la cocina subterránea, la inteligencia concedida, la objeción del aniversario, la respuesta de Riquete y la promesa renovada. Se mantienen tanto el embellecimiento mágico como la explicación de una mirada cambiada por amor. El relato y el análisis chinos de partida están redactados con palabras propias; el cambio de la princesa no se interpreta clínicamente ni se añade una liberación incondicional del compromiso por parte de Riquete. La referencia es francesa.