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Non Dubito

Cuentos de hadas · 02

La sirenita pierde la voz: ¿cuánto podemos cambiarnos para entrar en el mundo de quien amamos?

En La sirenita, acercarse al príncipe exige cambiar de cuerpo y entregar la voz. La pregunta no es solo cuánto cambia, sino qué posibilidades le quedan después para contar su historia, negarse y volver a decidir.

Han Qin ·

Antes de conocer al príncipe, la sirenita ya deseaba el mundo de la superficie. Había dado a su jardín forma de sol, lo había llenado de flores rojas y había colocado entre ellas la estatua de piedra de un muchacho caída al fondo desde un naufragio. De los relatos de su abuela sobre tierra firme, la asombraban especialmente las flores perfumadas y los pájaros que cantaban en los árboles. Bajo el mar también había flores hermosas, pero no aquel aroma. De noche se quedaba junto a la ventana, mirando la luna y las estrellas a través del agua azul oscura. Nadie la esperaba aún en la orilla, y ella ya quería subir.

Una tras otra, sus hermanas cumplían quince años y recibían permiso para salir a la superficie. Volvían hablando de ciudades, atardeceres, bosques y seres humanos. La menor solo podía escuchar y esperar. Cuando las otras empezaron a acostumbrarse a aquellas vistas y a pensar que, después de todo, lo mejor era la casa del fondo del mar, ella seguía deseando que llegara su turno. El príncipe cambiaría su vida, pero no creó aquel anhelo de la nada. Dio un rostro al mundo lejano: alguien a quien quería acercarse dentro de un lugar que llevaba mucho tiempo imaginando.

La primera vez que sube encuentra un barco cubierto de luces, donde celebran el cumpleaños del joven príncipe. Cuando las luces se apagan, llega una tormenta; las olas destrozan el barco y él se hunde. Durante un instante, la sirenita piensa que por fin podrá venir al fondo del mar. Enseguida recuerda que los humanos no pueden vivir bajo el agua. Se abre paso entre tablas y restos, le sostiene la cabeza sobre la superficie y no lo lleva a la costa hasta el amanecer. Allí se alza un edificio blanco, entre iglesia y convento. Suenan las campanas y salen varias muchachas.

Ella se oculta en el agua y ve cómo una de las muchachas descubre al príncipe y llama a las demás. Él despierta y sonríe a quienes lo rodean. No sabe quién lo mantuvo a flote en la tormenta; la sirenita tampoco se presenta para darse a conocer. El rescate queda completo solo en su memoria. Ella conoce el peso de su cuerpo inconsciente y sabe cómo mantuvo su cabeza fuera del agua. Para él, la historia después del despertar comienza con otra cara en la orilla. Aquella mañana que no llegaron a compartir seguirá separando sus versiones de lo ocurrido.

De vuelta al mar, pregunta por la vida humana hasta preguntar también por la muerte. La abuela explica que los humanos viven menos que los seres marinos, pero tienen un alma que no desaparece con el cuerpo. Las sirenas pueden vivir trescientos años; después se convierten en espuma y ya no vuelven a ver el sol ni las flores. Ella daría esos trescientos años por un solo día humano y la eternidad posterior. La abuela añade que no puede conseguir un alma por sí sola: un hombre tendría que amarla más que a sus padres, casarse con ella y compartir así su vida eterna.

El príncipe deja entonces de ser únicamente alguien a quien ama y ha salvado. Se vuelve también la entrada posible que ella conoce hacia otra clase de vida. Desea el mundo humano, desea que ambos se amen y desea un alma inmortal. Los deseos se van entrelazando. Decir que lo abandona todo por un hombre reduce la pregunta a si merece la pena enamorarse. Quitar el amor y convertir el viaje en una búsqueda exclusiva del alma tampoco alcanza a contar quién es. Va hacia la bruja del mar mientras esos deseos tiran unos de otros.

Antes de partir se celebra un baile en el palacio submarino. Su voz supera todas las demás, y los aplausos la hacen feliz un momento. Pero piensa en el príncipe y en el alma que no tiene, sale del palacio y atraviesa remolinos y un bosque peligroso. La bruja sabe a qué viene y le explica sin rodeos lo que hará la poción: la cola se dividirá en dos piernas, sentirá el cuerpo como cortado por un cuchillo y cada paso será como pisar hojas afiladas. Una vez humana no podrá volver al mar por el mismo camino. Si el príncipe se casa con otra, a la mañana siguiente ella será espuma. Palidece al oírlo y aun así acepta soportarlo.

Después la bruja pide el pago: la voz más hermosa del fondo del mar. La sirenita pregunta qué le quedará si la entrega. La bruja señala su belleza, sus movimientos ligeros y sus ojos capaces de expresar amor: considera que bastarán para atraer al príncipe. Ella acaba sacando la lengua y completa el intercambio. La capacidad que hacía aplaudir a todo el palacio no irá con ella a tierra. Cuando se marcha con la poción, ya no puede decir a su familia ni una palabra de despedida.

La poción sirve de verdad, y la bruja ha explicado los principales riesgos. No sería fiel convertir la escena en un engaño del que la muchacha no sabía nada. Ha oído hablar del dolor, del silencio y de la muerte posible, y decide seguir. Pero conocer el precio no equivale a comprender cómo será vivir después. Puede imaginar que sus piernas la llevarán junto al príncipe; difícilmente puede experimentar, antes de llegar a tierra, cuántas palabras no podrá decir cuando esté delante de él. No es que haya elegido a la ligera. El peso concreto de su decisión se irá haciendo visible al vivirla.

Bebe la poción en la escalinata de piedra del palacio del príncipe. El dolor la deja inconsciente. Cuando despierta, la cola ha desaparecido y él está delante, preguntando quién es y por qué ha venido. Por fin tiene la ocasión de hablarle, pero solo puede mirarlo. Él la lleva de la mano al palacio. Todos admiran su belleza y su ligereza; luego cantan las muchachas de la corte y él sonríe y aplaude. Ella escucha, sabiendo que antes cantaba mejor. Ni siquiera esa pequeña historia puede contarle.

Con el tiempo están cada vez más cerca. Él le consigue ropa de paje, la lleva a caballo y a la montaña y la deja dormir sobre un cojín de terciopelo junto a su puerta. Cuando baila, todos celebran la ligereza de sus movimientos. Lo acompaña a las alturas y sigue sonriendo aunque le sangren los pies. Solo de noche, cuando el palacio duerme, baja sola a la orilla y sumerge en agua fría los pies abrasados. El cuerpo admirado durante el día descansa un poco allí. Sus hermanas también se acercan a la costa y ven en qué se ha convertido.

No todo ese acercamiento es falso. Él la quiere de verdad; ella recibe compañía, cuidados y una oportunidad de entrar en el mundo humano. No pierde toda capacidad de actuar por no poder hablar: expresa amor con la mirada, el baile y sus gestos, y sigue tomando decisiones. Pero en esta relación concreta sus experiencias más importantes nunca llegan a explicarse: de dónde viene, por qué eligió ese cuerpo, qué ocurrió en el naufragio y qué significa para ella cada paso que los demás encuentran hermoso. La corte aplaude su baile sin saber cómo sostiene, día tras día, aquella ligereza.

La atracción que prometía la bruja se ha producido. No se ha convertido automáticamente en conocimiento mutuo. El príncipe puede sentirse conmovido por ella y percibir su amor sin conocer las esperanzas con que llegó. La quiere como a una niña cercana y no piensa hacerla reina. Ella, en cambio, solo tiene esperanza de obtener un alma y evitar la espuma si se convierte en su esposa. La misma compañía pesa de manera distinta para cada uno, y ella no encuentra cómo poner esa diferencia, entera, ante él.

Más tarde el príncipe le cuenta que a quien ama de verdad es a la muchacha que lo encontró cerca del templo después del naufragio. La sirenita se le parece tanto que puede ocupar parte de ese recuerdo; por eso él quiere tenerla siempre consigo. Para él la cercanía es verdadera. Para ella aparece otra separación: el lugar que ha obtenido a su lado depende de una salvadora mal identificada. Sabe qué hizo y entiende cómo está leyendo él el pasado, pero no puede unir esas dos memorias que nunca llegaron a encontrarse.

Ella no solo es interpretada por otros: también interpreta al príncipe. Cuando oye que viajará a conocer a una princesa vecina, confía en que no se casará con ella, pues él ha dicho que solo ama a la muchacha del templo. Incluso le ha dicho que, si tuviera que elegir esposa, preferiría escoger a la sirenita. Esas palabras alimentan su esperanza y la hacen creer que conoce su corazón mejor que los demás. Entonces aparece la princesa. Él reconoce a la joven de la orilla, y de pronto la esperanza pierde su apoyo. La abraza feliz y cree que la sirenita, que tanto lo quiere, compartirá su alegría. Están tan cerca y casi no tienen una comprensión compartida de lo que significa ese instante.

En la boda, ella lleva la cola del vestido de la novia. La rodean campanas, música y felicitaciones; solo piensa que después del amanecer dejará de existir. Por la noche aparecen sus hermanas, con el cabello cortado. Han entregado sus largas cabelleras a la bruja a cambio de un cuchillo. Si mata al príncipe antes del alba y deja que su sangre caiga sobre sus pies, recuperará la cola y volverá a su familia y a la vida del mar. El primer intercambio le abrió el mundo humano. Este promete devolverla a casa.

Entra en la tienda con el cuchillo. El príncipe y la novia duermen juntos, y él pronuncia en sueños el nombre de su esposa. La sirenita no lo mata. Arroja el cuchillo al mar y después se lanza ella al agua. Cuando decide, no sabe que habrá otra salida. Su negativa no puede explicarse como el cálculo de un final mejor: de verdad se niega a conservar su vida a costa de matar al príncipe dormido.

Lo ha salvado, lo ha acompañado y ha pagado por acercarse un precio que él nunca supo. Todo eso permite ver la hondura de su amor; no convierte al príncipe en deudor de una vida, ni siquiera en alguien obligado a pagar con matrimonio. El cuchillo concreta la dificultad. Recuperar el pasado no es siempre una reparación que solo nos afecta a nosotros. Si para volver a tener cola necesita matar a otro, la vuelta a casa encuentra un límite que ella no acepta cruzar. Ese juicio es suyo. No exige a quienes vengan después que conviertan destruirse en prueba de amor.

Al salir el sol, el cuerpo que creía a punto de deshacerse empieza a elevarse. En la luz hay seres transparentes. Ella descubre que tiene una forma semejante y puede preguntarles quiénes son. Es una voz que los humanos no oyen: no le permite volver ante el príncipe y aclarar todos los errores. Sí le permite hablar con sus nuevas compañeras. Son las hijas del aire. Tampoco tienen aún un alma inmortal, le dicen, pero pueden aspirar a ella mediante buenas acciones, sin que toda la eternidad dependa de que alguien las ame.

El camino sigue siendo largo. Las hijas del aire deben pasar trescientos años haciendo el bien, trayendo brisas frescas y perfume de flores. El final añade que las buenas acciones de los niños acortan la prueba, mientras que los niños malos las hacen llorar y alargan la espera. Es el desenlace religioso y moralizante de Andersen, no una vida libre de toda condición exterior. Aun así, el cambio respecto de lo dicho por la abuela es claro. Ya no depende únicamente de esperar el amor del príncipe para obtener un alma: sus propias acciones pueden participar en esa posibilidad.

Que aparezca otro camino no demuestra que el silencio y el dolor anteriores fueran un aprendizaje que había que pagar sin más. Ella ha perdido su vida con la familia y nunca ha contado con su propia voz al príncipe lo sucedido en el naufragio. El final abre la posibilidad de seguir existiendo; no vuelve atrás. Declarar que todos los sacrificios valieron la pena porque al fin hay esperanza sigue usando un resultado conocido después para responder por quien tuvo que elegir antes de conocerlo.

¿No debería haber cambiado, entonces? Esa respuesta la devolvería al palacio seguro del principio, como si trescientos años de vida, el amor familiar y los aplausos bastaran para decidir que debía estar satisfecha. Su anhelo no nació con el príncipe, ni se vuelve enteramente falso porque no llegue a casarse con él. Salir del lugar de origen y aprender otra vida puede acercarnos a lo que de verdad queremos ser. La dificultad está en la manera que encontró de entrar: una vez allí, le resulta muy difícil explicar por qué llegó, mostrar el dolor y volver a pensar junto al otro la relación que están construyendo.

Quizá importe menos medir cuánto se cambia alguien que preguntar qué margen conserva después. ¿Puede llevar sus experiencias a la vida compartida? ¿Decir que no cuando no soporta más? ¿Volver a hacer planes si descubre que el deseo del otro no es el suyo? Esas posibilidades pueden apoyarse en más de una voz y de un lenguaje. El cuento hace que la sirenita entregue su medio más importante a cambio de las piernas, sin que ambos encuentren después una vía capaz de reemplazarlo. Obtiene la oportunidad de ser vista y querida. No llega a ser suficientemente conocida.

Como hija del aire puede, al fin, hacer preguntas a sus nuevas compañeras y, por primera vez, tiene lágrimas. No se ha convertido en esposa del príncipe, no ha recuperado su antiguo cuerpo y no le ha hecho pagar con la vida su desilusión. Lleva consigo deseos incumplidos al comenzar otra vida que aún tiene condiciones y requiere actuar. La muchacha que antes miraba desde la ventana hacia tierra ha recorrido ya muchos lugares. Tal vez convenga acompañarla no solo con el valor para seguir hacia lo lejano, sino también con la posibilidad de que, al acercarse a otros, su pasado, su voluntad y su dolor todavía puedan ser escuchados.

Fuentes

Reescritura española completa e independiente del ensayo chino publicado. La versión de Andersen y las preguntas de esta lectura permanecen diferenciadas. Ni la decisión de no matar ni el desenlace religioso se convierten en un deber de sacrificarse por amor; las dificultades concretas de esta relación no se atribuyen en general a las personas que no hablan.

Nota de versión y lectura

Se sigue «La sirenita» de Hans Christian Andersen (Den lille Havfrue, 1837), con referencia a la traducción inglesa completa de Jean Hersholt conservada por el Centro Hans Christian Andersen. Es una lectura del cuento, no una traducción frase por frase. Se conservan los tres anhelos —el mundo humano, el príncipe y el alma inmortal—, el precio anunciado por la bruja, el error del príncipe al identificar a su salvadora, la negativa a matar y el final de las hijas del aire con su prueba de trescientos años. La voz que reaparece pertenece a un espíritu del aire y no puede oírse en el mundo humano: no significa que ella haya vuelto para aclarar su identidad ante el príncipe. Tampoco se generaliza la pérdida de voz del relato como si quienes no pueden hablar carecieran de un yo o no pudieran establecer relaciones plenas.