A veces conservamos un gusto o una postura para ser fieles a nosotros mismos. Cambiar parece demostrar que antes éramos falsos.
Pero una persona no sigue siendo ella porque elija siempre lo mismo. Puede ver hechos nuevos, revisar y asumir las consecuencias.
La necesidad de probar disminuye no al hallar una definición final, sino al saber que podemos volver al juicio, reconocer errores y reparar.
El yo no es una respuesta expuesta, sino una relación continua con las propias elecciones. Su seguridad más tranquila admite el cambio.
Decir «podría cambiar» no confiesa falta de centro. Promete juzgar qué cambio asumiremos y qué compromiso conservaremos. La estabilidad más fuerte no es inmovilidad, sino tener un lugar al que pueda volver el propio juicio.