Planificar, reducir tentaciones y cumplir promesas evita que el ánimo del momento gobierne toda la vida.

Pero vigilar cada minuto, tratar el descanso como falta y elevar la norma tras cada logro convierte a la persona en su propia empresa.

El problema no es solo la dureza. Han desaparecido el propósito, la fecha de revisión y la pregunta de quién posee la medida.

Evalúa por separado el objetivo y los medios. La autonomía no es solo obedecer una consigna, sino devolver la consigna al propio juicio.

Programa la revisión del plan con la misma seriedad que su ejecución. ¿Todavía deseas el objetivo?, ¿ha crecido su coste? Cuando el gestor interior debe rendir cuentas, su poder queda limitado y el proyecto vuelve a servir a la vida.