Los títulos, los idiomas y las habilidades amplían lo que podemos hacer. Sin embargo, cuantas más puertas se abren, más difícil puede resultar decidir cuál atravesar.

Una capacidad responde a «¿qué es posible?», no a «¿qué merece diez años de mi vida?». Tampoco elige qué dificultad estamos dispuestos a cargar.

Los demás detectan pronto lo que les sirve: una empresa ve una carrera y una familia, seguridad. Son razones reales, pero no bastan para decidir una vida.

Conviene preguntar: «¿qué quiero hacer posible con esta capacidad?». La respuesta suele aparecer al conocer los días corrientes de una actividad, no su imagen pública.

No debemos llevar cada talento hasta su máximo. Aprender se vuelve crecimiento cuando las posibilidades adquiridas empiezan a servir una dirección que podemos reconocer y revisar.