Cuando discípulos o contemporáneos llaman a Confucio sabio, plenamente ren o conocedor de nacimiento, él lo rechaza. Aprender sin cansarse y enseñar sin agotarse, quizá; pero ¿cómo iba a atribuirse la condición de santo?

No tiene por qué ser modestia ceremonial. El título de ser consumado detiene el examen del presente: diga lo que diga, ya será correcto. El estudiante deja de juzgar y se limita a comprobar la atribución. Confucio no acepta esa inmunidad.

La tradición absorbió incluso su negativa: sólo un verdadero sabio, se dijo, negaría serlo. Así, ningún no puede surtir efecto. Tomar en serio sus palabras quizá comience por algo sencillo: dejar vacío el pedestal que él no quiso ocupar.

Reescritura española independiente a partir de las ediciones china e inglesa. El desarrollo completo se encuentra en la edición de investigación al final de la serie.