Estética · Primera dirección · La belleza de Hundun
Reconocer las constelaciones no agota el cielo
Los nombres pueden ayudarnos a ver, o hacernos dar la mirada por terminada. Dejemos un momento el mapa estelar y levantemos otra vez la cabeza.
El niño levanta el teléfono. Las líneas de la pantalla giran con él. Por fin encuentra esas estrellas y se las señala, una a una, a quien tiene al lado. Cuando llegaron solo había puntos luminosos; ahora tienen nombres y una figura que los enlaza.
El adulto le dice que baje el teléfono y mire un rato más.
Lo hace. La figura sigue ahí; ya puede encontrarla sin pantalla. Pero hay estrellas fuera de las líneas, y también dentro. Si mira un poco más, reconoce algunas nuevas. Las líneas no estaban mal trazadas. Lo que no han hecho es repartir limpiamente todo el cielo.
Es algo muy corriente. Reconocemos una cosa y pasamos a la siguiente: un camino, y lo recorremos; una palabra, y seguimos leyendo; una persona, y decimos su nombre. Raras veces, después de reconocer, volvemos sobre el gesto: ¿qué ha captado ese nombre por mí y qué ha dejado fuera?
A veces la belleza está en ese volver a mirar.
No es más bello por saber menos
Hay quien teme que explicar las estrellas destruya la belleza del cielo. Como si averiguar qué son, a qué distancia están o por qué brillan las expulsara de la poesía y no dejara más que una ficha de datos.
Pero aprender un nombre también puede multiplicar lo que aparece ante nosotros.
Los puntos luminosos parecían amontonados en un plano. Al saber que están a distancias distintas, la imagen adquiere profundidad. Los nombres no los encierran en una hoja: nos recuerdan que ser vecinos sobre el papel no es necesariamente serlo allí. Bajo el mismo cielo, quien reconoce constelaciones ve figuras; quien las investiga pregunta por las distancias; quien viaja busca una dirección. No inventa cada cual lo que le da la gana. Cada mirada tiene sus razones y sus preguntas abiertas.
No merece nuestra atención un supuesto «en realidad no sabemos nada». Es precisamente después de aprender cuando podemos reconocer qué tiene de concreto este saber y qué otros saberes no sustituye.
No es como resolver una adivinanza. Te preguntas qué regalo habrá en una caja; al abrirla termina la intriga. El cielo no es bello porque lo mantengamos sin abrir. Después de nombrar las estrellas y encontrar sus posiciones sigue delante de nosotros. Reconocerlo no lo ha dado por acabado.
No hace falta, pues, dejar el conocimiento fuera para conservar la belleza. Si un nombre solo nos lleva a marcar una casilla y seguir, puede ocultar algo. Si nos ayuda a distinguir más, puede devolvernos la mirada. El problema no es tener demasiados nombres, sino tomar el último que hemos aprendido por la última palabra.
Donde se despliega un mapa
Ni siquiera hace falta esperar una noche sin luces.
Hay un mapa extendido en la mesa. Una carretera pasa junto al pueblo, rodea la falda de una montaña y se une a otra. Alguien que ha estado allí señala una curva: aquí la pendiente es muy fuerte. Otro recuerda una tienda después del giro, donde de pequeño compraba helados. La tienda no aparece en el mapa. Eso no demuestra que el mapa esté mal hecho: cumple seriamente su tarea.
Extendemos otro mapa. Las curvas de nivel se aprietan y dan una base visible a aquello de «la pendiente es muy fuerte». El mapa de carreteras anterior no se ha convertido en mentira. El nuevo tampoco sustituye la tienda de la infancia. Sobre una misma mesa, varias miradas iluminan aspectos diferentes; ninguna puede decir: de ahora en adelante, solo se permite mirar así.
Claro que podemos seguir completando mapas: nombres de tiendas, especies de árboles, estratos, calles antiguas. Podemos construir una base de datos excelente. Pero «aún podemos añadir detalles» y «algún día un mapa lo dirá todo por el terreno» son dos ideas distintas.
La primera anima a seguir trabajando. La segunda concede a escondidas a un tipo de trabajo la autoridad para dictar el veredicto final.
La belleza que intento señalar no consiste en unas casillas vacías de la base de datos. Esas se pueden rellenar. Está entre varios mapas que ya están bien hechos: todos han visto algo de verdad, pero el lugar que pisamos no queda obligado a presentarse solo bajo una de esas formas. Cuanto más cuidadoso es el reconocimiento, más nítida resulta esa coexistencia. No necesitamos declarar antes que «todo es misterioso» para tener algo que mirar.
Que no le falte nada no significa que lo tenga todo
Volvamos al cielo. Unimos sus puntos luminosos hasta dibujar una figura y entonces advertimos un hueco. Si también hubiera allí una estrella, se parecería más a lo que queríamos dibujar.
Pero ¿le debe el cielo una estrella a esa figura?
A un dibujo puede faltarle un trazo, y a una observación, un registro, porque sabemos qué intentan hacer. El cielo no prometió parecerse al dibujo. Que no hayamos podido unir una línea no nos autoriza a declararlo incompleto.
Decir aquí que «no le falta nada» no significa haber hecho inventario del universo y comprobado que lo tiene todo. Eso sería otra lista, solo que desmesurada. Significa retirar ese paso: no entregar al cielo las normas que establecimos para nuestro dibujo y ordenarle que las cumpla.
El trabajo de referencia llama a esta dirección «la belleza de Hundun». El término puede sugerir confusión, borrosidad o algo pendiente de ordenar. Pero no habla de una habitación que necesita limpieza. Juzgar si una habitación está desordenada ya supone decidir dónde están las cosas y dónde deberían estar. La pregunta de aquí es anterior: ¿qué autoriza a las posiciones que acabo de distinguir a declarar qué le falta a todo lo que tengo delante?
Tampoco podemos retroceder realmente hasta un lugar sin nombres ni diferencias para experimentar de manera directa una totalidad pura. Hasta la palabra «totalidad» ya distingue algo. Lo que podemos hacer es volver sobre lo hecho: una vez puestos los nombres y trazadas las líneas, mirar qué autoridad no han adquirido.
No hace falta borrar las líneas. El niño puede conservar sus constelaciones, y el mapa puede seguir en nuestro bolsillo. No disminuye el saber ni aumenta el misterio. Lo que tenemos delante, sencillamente, no debe entregar todo lo que es a esta explicación.
Después de mirar, podemos volver a casa
Alguien objetará: no es más que «no pretendas decirlo todo». ¿Merece llamarse belleza?
Si solo quedara ese consejo, no bastaría. Escribirlo en una nota para recordar que conviene ser humilde sería otra cosa. Aquí se trata de un momento concreto: el mapa no ha perdido su validez, la mirada nueva no ha barrido las anteriores; cada una se sostiene y juntas hacen aparecer algo más rico. No estás recitando un principio. Te has detenido ahí.
Tampoco se puede concluir lo contrario: basta que algo sea inexplicable para que sea bello. La nieve de una pantalla desajustada no se vuelve más profunda que un cielo estrellado por ser difícil de reconocer. No haber visto bien y advertir, después de ver, que esta no es la última mirada son cosas distintas.
Lo que se sienta al detenerse puede variar. Alguien recuerda su infancia; otro se preocupa por el camino de montaña a la vuelta; otro tiene frío y empieza a recoger. Nadie le debe al cielo una emoción.
Incluso la misma persona puede volver mañana y no pensar más que en orientarse. Eso no la vuelve superficial. Haber reconocido una vez la belleza no te impone una obligación diaria.
El niño vuelve a tomar el teléfono, pero esta vez no lo apunta al cielo. Anota los nombres que ha reconocido y dice que mañana quiere buscarlos otra vez.
Antes de irse levanta la cabeza. Esas estrellas ya son fáciles de encontrar. Al lado hay muchas más.
Ahora reconoce un poco. Por eso quiere seguir mirando.
Nota de escritura y referencias
Reescrituras independientes para lectores de español a partir de los ensayos chinos íntegros publicados. Las versiones inglesas existentes también se escribieron de forma independiente; el chino simplificado y el tradicional ofrecen el texto completo. Cada ensayo conserva su propia nota de escritura y sus referencias precisas. Las escenas ilustrativas no se presentan como recuerdos del autor ni como reportajes; los episodios históricos y las explicaciones científicas mantienen las atribuciones y los límites indicados. Las propuestas filosóficas no se hacen pasar por resultados experimentales. La introducción se apoya en la segunda edición de Juicio y estética y en las trece líneas de investigación; cada ensayo remite además a su trabajo correspondiente. Esos originales están en inglés y chino, no se anuncian aquí como traducciones españolas de las investigaciones.
Sobre esta edición
Este ensayo se basa en La belleza de Hundun. Las escenas del niño que reconoce estrellas y de las personas que miran mapas en una mesa son ejemplos para discutir, no reportajes de sucesos reales. Se desarrolla una de las líneas principales del trabajo de referencia, sin reproducir su recorrido por la historia de las ideas. Hundun no designa aquí la teoría científica del caos.