Non DubitoEssays in the Self-as-an-End Tradition
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053 / 108 · Trazar los límites de la verdad

Quine: esa línea no existe

Un gato, un diccionario, una red de creencias. Quine pregunta qué sostiene nuestras divisiones y nos devuelve la tiza.

I. Dos dogmas

Si decimos que una afirmación es falsa, suelen pedirnos razones. Si decimos que ni siquiera merece discutirse, a veces basta con ponerle una etiqueta. Quine nos invita a mirar la mano que la pega. ¿De dónde sale la autoridad para clasificar así?

En 1951 publicó «Dos dogmas del empirismo». El primero era una separación fundamental entre las verdades asentadas en el significado y las que dependen de los hechos. El segundo, la posibilidad de reducir cada enunciado significativo, por separado, a la experiencia inmediata.

Imaginemos que cada frase trae su propia hoja de inspección. Unas observaciones, unas casillas marcadas, y quedarían resueltos su sentido y su validez. Pero ¿podemos examinar una frase sin pedir prestada, silenciosamente, la ayuda de muchas otras?

La pregunta salía del propio taller. Quine era un lógico de primera fila y debía mucho a Carnap. No abandonaba el análisis porque resultara demasiado minucioso. Pedía que el análisis examinara también la herramienta que normalmente daba por buena.

El artículo abrió una controversia duradera, no un silencio definitivo de los adversarios. Sus veinticuatro páginas no demostraron que todas las diferencias fueran imaginarias. Contarlo así haría la historia más limpia, pero también borraría buena parte de lo que merece ser pensado.

Por eso, el título de este retrato, «Esa línea no existe», debe conservar una pregunta dentro. ¿Dónde está exactamente la frontera que creemos no tener que explicar? Antes de usarla para expulsar una cuestión ajena, enseñemos cómo la hemos trazado.

II. Los solteros y el gato

Los solteros no están casados. Para comprobarlo, normalmente no encuestamos a mil solteros. El significado habitual parece traer consigo la respuesta. Es un ejemplo sencillo para entrar en lo que se llama un enunciado analítico: entender las palabras parecería suficiente.

El gato está sobre la mesa. Aquí hace falta otra cosa. Podemos explicar muy bien gato y mesa sin averiguar qué ocurre ahora en la cocina. Conviene asomarse. Quizá el bulto enrollado junto al frutero sea una bufanda, no un animal dormido.

Ya tenemos dos cajones: uno para las verdades que proporciona el significado y otro para aquellas que exigen consultar el mundo. La habitación filosófica empieza a parecer ordenada. Después de tanto desorden, es comprensible que nos cueste desconfiar de los muebles nuevos.

Sin embargo, Kant no decía que todo juicio sintético procediera de la experiencia. Los juicios sintéticos a priori estaban en el centro de su proyecto: conocimiento que amplía lo sabido sin limitarse a recopilar observaciones. Suprimir esto equivale a cambiarle la pregunta.

Analítico y sintético, a priori y a posteriori, necesario y contingente no son tres maneras de nombrar una misma separación. Tampoco la distinción de Wittgenstein sobre lo que puede decirse cabe sin más en esos dos cajones. Un esquema cómodo puede confundir problemas diferentes.

Quine no necesita negar que consultar un diccionario sea una actividad distinta de mirar la cocina. Cuestiona el abismo fundamental atribuido a dos clases de verdad. ¿Puede una diferencia práctica soportar todo el peso filosófico que después hemos cargado sobre ella?

III. El diccionario aún no ha contestado

El diccionario contiene la definición: parece que podemos cerrar el asunto. Quine retrocede un paso. ¿Por qué quien lo redactó reunió esas dos expresiones? Habitualmente, porque entendía que ya eran equivalentes en el uso, no porque acabara de inventar su relación.

La entrada presupone así un juicio de sinonimia. No puede ser, al mismo tiempo, la explicación última de aquello que presupone. Registra una relación que el lexicógrafo considera anterior a su trabajo. Dar cuenta de un uso no equivale todavía a fundamentarlo.

El problema no consiste en que los diccionarios dependan de la observación y por eso sean poco fiables. Son muy útiles. Solo que, al pedirles una explicación de la sinonimia, recibimos una respuesta que ya se sirve de ella. Hemos tomado prestado lo pendiente de explicar.

Probemos con el intercambio de expresiones sin alterar la verdad. Supongamos que todas las tazas rojas de un armario están desportilladas y que todas las desportilladas son rojas. Ambas descripciones señalan exactamente las mismas tazas. Rojo no significa por eso desportillado.

Coincidir en los objetos señalados no basta para compartir significado. Si añadimos que las expresiones deben coincidir necesariamente, queda por explicar ese necesariamente. Si quiere decir que basta entender sus significados, habremos vuelto al lugar del que queríamos salir.

Quine sí admite las convenciones explícitas que introducen abreviaturas nuevas. Podemos crear un signo y fijar con claridad su empleo. Lo que no concede tan deprisa es que unos acuerdos locales transparentes expliquen una frontera absoluta que atraviesa todo el lenguaje.

IV. La red detrás del gato

En la cocina, un montón de pelo nos hace afirmar que el gato está sobre la mesa. También estamos confiando en la vista, en la iluminación y en nuestra capacidad de reconocerlo. La frase no comparece desnuda ante el mundo: la acompañan supuestos silenciosos.

Nos acercamos y descubrimos un peluche. Corregimos aquella afirmación sin desechar la óptica, la aritmética ni los recuerdos de infancia. Casi siempre reparamos una zona pequeña. De otro modo, preparar el desayuno exigiría reconstruir la ciencia antes de decidir si hierve el agua.

Pero una predicción fallida no señala por sí sola al culpable. ¿Confundimos el objeto? ¿Falla el aparato? ¿Hay que modificar la teoría? Al poner algo a prueba suelen intervenir, junto con la afirmación principal, conocimientos de fondo e hipótesis auxiliares.

La imagen de una red de creencias permite ver esas dependencias. El texto de 1951 formula el holismo con mucha fuerza; Quine moderaría después su versión más amplia. No hace falta sentar todo nuestro saber en un examen simultáneo cada vez que hacemos una observación.

Cambiar una creencia central cuesta mucho porque otras dependen de ella. Ese coste no es una exención perpetua de examen. Al llevar la posibilidad de revisión hasta la lógica, Quine muestra hasta dónde está dispuesto a seguir el problema, no cómo resolver cualquier discrepancia cotidiana.

Tampoco entrega una licencia para esquivar pruebas incómodas sin fin. La explicación reparada sigue debiendo responder ante la experiencia, su capacidad explicativa y el coste de los cambios. Una red que detiene todos los contraejemplos puede terminar aislándonos del mundo que debía ayudarnos a conocer.

V. Carnap sigue en la habitación

Resultaría cómodo contar que Quine venció a unos discípulos obedientes de Wittgenstein. Carnap, sin embargo, tenía un trabajo propio. No se limitaba a custodiar el umbral de otro filósofo. Devolverle ese trabajo hace la controversia menos sencilla y bastante más interesante.

Construía marcos lingüísticos con expresiones y reglas determinadas. Dentro de un marco elegido, cabe distinguir qué queda establecido por las reglas y qué exige investigación empírica. Esa distinción puede ser precisa sin presentarse como una hendidura eterna inscrita en el cielo.

Elegir el marco plantea otra cuestión, de carácter práctico. ¿Es útil? ¿Facilita la investigación? ¿Qué permite hacer? Carnap puede admitir que cambiemos de marco. La revisabilidad no era una novedad que Quine tuviera que explicar a un interlocutor incapaz de comprender el cambio.

Quine sigue dudando de la separación fundamental entre cambiar de marco y modificar creencias dentro de él. No se enfrentan simplemente una inteligencia flexible y otra obstinada. Discuten qué explica realmente esa división en nuestra actividad de conocer, y qué puede ocultar.

Grice y Strawson cuestionan asimismo el salto entre las dificultades de definición y el rechazo de una distinción. Muchos conceptos básicos se explican mediante conceptos emparentados. No encontrar una definición ajena a toda esa familia no borra automáticamente las diferencias que reconocemos y utilizamos.

Se oye algo de Sócrates: si dices que entiendes, explica un poco más. Pero la pregunta debe viajar en ambas direcciones. Si no, derribamos una tarima para levantar otra más alta, donde el nombre de Quine nos dispense de seguir respondiendo.

VI. Hume vuelve a jugar

Hume y Quine interrumpen una seguridad parecida. Haber esperado siempre algo no proporciona por sí mismo una garantía inquebrantable para seguir esperándolo. La costumbre puede acallar una dificultad sin haberla resuelto. Ambos nos hacen oír de nuevo ese silencio demasiado cómodo.

Hume pregunta qué justifica pasar de los casos observados a los que todavía no hemos observado. Los amaneceres pasados no forman un contrato deductivo que garantice el de mañana. Esto no significa que los acontecimientos carezcan de causas ni que razonar sea inútil.

Quine se ocupa de otra pregunta: cómo se relacionan significado, experiencia y teoría. Además, Hume distinguía entre relaciones de ideas y cuestiones de hecho. Parte de la tradición que Quine interroga procede del pensador situado a su lado. El parentesco también contiene una discrepancia.

Ninguno dejó de vivir porque los fundamentos se volvieran difíciles. Hume escribió que comer, conversar y jugar al backgammon lo devolvían de sus perplejidades filosóficas. El tablero no refuta el escepticismo. Pertenece a una vida que no espera a haber resuelto todas sus objeciones.

Quine tampoco quema los libros de lógica. Sigue investigando, enseñando y contestando críticas. No necesitamos un certificado previo de infalibilidad para razonar seriamente. Pero recordar que cualquiera puede equivocarse tampoco sustituye el trabajo de examinar con cuidado una inferencia concreta.

Esta tranquilidad sostiene dos cosas a la vez: no hay garantía última, y seguimos teniendo que dar razones. Sin lo primero, la convicción se vuelve dogmática. Sin lo segundo, la modestia intelectual puede convertirse en una manera elegante de evitar el juicio.

VII. No les asignemos sitio fijo

En esta serie damos a los pensadores lugares memorables. Platón sale de la caverna, Kant vigila un límite, Hegel reúne todo en el sistema, Wittgenstein permanece cerca del silencio. Esas señales ayudan a orientarse. También pueden transformarse, sin avisar, en asientos obligatorios.

Platón escribió más que una caverna. El límite kantiano no es una simple pared. Convertir a Hegel en un estómago que todo lo digiere permite dejar de escuchar sus argumentos. Una imagen brillante ahorra memoria, a veces a costa de la atención.

Quine ayuda a revisar ese mapa demasiado lleno. No ha refutado con un artículo todos los proyectos anteriores. Su holismo tampoco es idéntico al cuidado por las personas que busca esta serie. Dos pensamientos pueden iluminarse sin volverse intercambiables ni prestarse mutuamente autoridad absoluta.

Queda un hábito de lectura: cuando una categoría acomoda sin esfuerzo a mucha gente, preguntar a quién deja fuera. Llamamos racional a alguien y quizá dejamos de escuchar su miedo. Lo llamamos frágil y quizá descartamos también su capacidad de juzgar.

Esa es nuestra prolongación de la lectura hacia la vida, no un teorema moral deducido de la lógica de Quine. Que las clasificaciones puedan revisarse no determina por sí solo cómo tratar a otra persona. Razones, daños y responsabilidades concretas todavía necesitan atención.

Reabrir una categoría puede, al menos, dejar espacio para una respuesta que no estaba escrita en nuestra etiqueta. Podemos seguir llevando el mapa. Procuremos no acercarlo tanto a los ojos que termine por ocultar a quien está delante de nosotros.

VIII. Tres preguntas, no una sola respuesta

La comparación con Heisenberg resulta tentadora. Las relaciones de incertidumbre limitan las dispersiones estadísticas de la posición y del momento en un estado cuántico. No podemos estrechar ambas arbitrariamente a la vez. No se trata simplemente de que los instrumentos sean todavía poco precisos.

Eso no afirma que observador y mundo sean indistinguibles, ni demuestra que todas las fronteras conceptuales sean ficticias. Una teoría física tiene obligaciones matemáticas y experimentales propias. Su prestigio no es un sello que podamos estampar sobre cualquier intuición filosófica.

Quine examina cómo dependen unos juicios de otros; las relaciones de incertidumbre se refieren a determinadas magnitudes físicas. Ambas cosas pueden inquietar una seguridad excesiva. Producir una sensación semejante en el lector no equivale a haber demostrado dos veces la misma proposición.

Nishida Kitarō entra en otro problema desde la experiencia pura. La división posterior entre sujeto y objeto no tiene por qué ser la forma original de toda experiencia. Absortos en una música, antes de describirnos como oyentes, podemos entrever una entrada a su pregunta.

No es el naturalismo de Quine contado en japonés. Nishida, Quine y Heisenberg no comparten todos sus métodos ni las cuestiones que quieren resolver. Si deseamos reunirlos para conversar, debemos permitir también que después se separen. Solo así dejamos que cada uno diga algo propio.

Comparar sirve cuando descubrimos tres dificultades, no cuando tres hombres famosos recitan al unísono nuestra respuesta favorita. Quizá después dudemos un instante antes de decir que dos cosas son obviamente distintas, o que en el fondo vienen a ser exactamente lo mismo.

IX. El lógico sale de viaje

La prosa de Quine tiene una fuerza sin prisa. Recoge una frase tranquilizadora, le da la vuelta y muestra el reverso a su dueño. No parece haber ocurrido nada teatral. Sin embargo, al terminar de leer, los muebles de la habitación han cambiado de sitio.

Fuera del argumento, su curiosidad encuentra mucho espacio. Los colegas de Harvard recuerdan a un viajero sociable, interesado por las lenguas y la geografía; otros testimonios mencionan su humor discreto. Un nombre en el mapa puede atraerlo tanto como un símbolo en la pizarra.

Nacido en Akron, Ohio, en 1908, llega a Harvard en 1930. Su estancia europea de 1932–1933 lo acerca al Círculo de Viena, Carnap y Tarski. Aprende también de aquellos cuyas ideas cuestionará. La cercanía intelectual no le exige prometer obediencia.

Viajar cambia la escala de las palabras familiares. Una frase sale fácilmente en nuestra lengua; ¿por dónde empezaría a entenderla otro hablante? ¿Cómo alcanzan diferentes lenguas un mundo compartido? Preguntas así aparecen también en su obra posterior. Dos formas de curiosidad se encuentran sin agotarse mutuamente.

El aula pide otra paciencia: acompañar al principiante por un razonamiento, no obtener su asentimiento ante una conclusión ya servida. Sus manuales de lógica crecen junto a la enseñanza. Tras jubilarse en 1978, continúa escribiendo. El artículo célebre no había cerrado su pensamiento.

Aquí me interesa menos la victoria sobre un adversario que la disposición a volver a una frase y preguntar qué dice realmente. Un trabajo tan pequeño puede ocupar una vida larga. Fuera de la ventana quedan viajes; sobre la mesa, una pregunta todavía abierta.

X. La tiza en el puente

Quine muere el 25 de diciembre de 2000, a los noventa y dos años. Dejémoslo acercarse ahora al puente imaginario de esta serie. Permanecen los libros y permanecen los desacuerdos. Para encontrarse allí no hace falta esperar a que termine la última discusión.

Hume guarda el tablero de backgammon. Sócrates se aparta un poco. Kant todavía tiene preguntas. Nadie debe cerrar su libro porque haya llegado Quine. Sería una reunión decepcionante si el último en aparecer tuviera derecho a dar por concluidas todas las conversaciones.

Sobre las tablas corren nuestras líneas: maestro y discípulo, influencia y oposición, amantes y colegas. Sócrates con Platón, Sartre con Beauvoir. Esos trazos ayudan a recordar historias. También pueden atar demasiado a una persona a la historia de otra.

Quine se agacha junto a una marca. ¿Registra un encuentro real o decreta que alguien debe permanecer siempre al lado de otro? ¿La modificaríamos si aparecieran nuevas pruebas? Pregunta por una línea concreta, sin declarar inexistentes todas las relaciones con un gesto de la mano.

Beauvoir puede preguntarle a su vez. Hay límites que protegen la negativa de una persona y otros que le impiden marcharse. ¿Su origen humano permite borrarlos por igual? La diferencia entre consentimiento y coacción no desaparece diciendo que nuestras clasificaciones son revisables.

Quine tiene que quedarse en la conversación. Una crítica importante no exime a su autor de futuras críticas. Tampoco está obligado a poseer la respuesta perfecta que nuestra admiración le preparó. De otro modo, el puente sería solo un aula que ha cambiado de profesor.

Tal vez no dejen las tablas en blanco. Conservan las señales útiles, corrigen una flecha demasiado segura y ponen una interrogación junto a una relación incierta. A lo lejos se acerca alguien más. Un mapa lleno no justifica negarle sitio.

Quine devuelve la tiza. No deben desaparecer todas las líneas. Antes de trazar la siguiente, sin embargo, conviene saber qué hacemos. ¿Qué nos permite ver esa marca? ¿Y a quién podría hacernos dejar de mirar?

Notas de lectura y fuentes

El punto de partida es «Dos dogmas del empirismo» (1951), leído junto con la revisión retrospectiva de Quine de 1991. Analiticidad, sinonimia y holismo siguen en discusión; los marcos de Carnap y la respuesta de Grice y Strawson ofrecen otras posiciones. El armario de tazas rojas y desportilladas es un ejemplo propio para distinguir coincidencia de extensión e identidad de significado.

Los datos sobre vida, docencia, viajes y humor proceden de los homenajes y recuerdos de colegas de Harvard. El backgammon de Hume aparece en el Tratado de la naturaleza humana, I, IV, VII. Las comparaciones con Heisenberg, Nishida y otros pensadores son interpretativas: no identifican sus teorías. El puente y sus conversaciones son invenciones literarias.

Quine: Dos dogmas del empirismo · Quine revisita los Dos dogmas (1991) · Carnap: Empirismo, semántica y ontología · Grice y Strawson: En defensa de un dogma · Homenaje del profesorado de Harvard a Quine · Los colegas de Harvard recuerdan a Quine · Hume: conclusión del libro I del Tratado · Busch y colaboradores: relaciones de incertidumbre

Reescritura española independiente. Fuentes, citas y notas detalladas en la edición china e inglesa。