046 / 108 · Trazar los límites de la verdad
Kierkegaard: las tres de la mañana
Del insomnio a Regine, de la fe a los seudónimos: las razones ayudan a elegir, pero no viven por nosotros ni borran lo que debe soportar otra persona.
I. Las tres de la mañana
Son las tres de la mañana y estás despierto.
Mañana quizá tengas que dejar el trabajo, decirle a alguien la verdad o terminar una relación que continúa porque ninguno se atreve a terminarla. Has hecho listas, has pedido consejo. Las razones están ahí. La decisión sigue esperando.
No te inquieta solamente la posibilidad de que ocurra algo malo. Puedes quedarte o marcharte, y ambas opciones cambiarán lo que venga después. No puedes vivir las dos vidas a modo de prueba y escoger luego la mejor.
Esta habitación no procede del diario de Kierkegaard. Es una manera de acercarnos a su pregunta: ¿cómo puede una persona entender tantas cosas y no saber todavía cómo hacerse cargo de decir «he decidido»?
Las razones importan. También los hechos, los consejos y las personas que podrían resultar heridas. Pero examinar razones y emprender una vida no son la misma actividad. Hay un paso entre ambas que nadie dará por ti.
Un mapa de la existencia no puede pasar la noche en tu lugar. Kierkegaard se fija en esa figura diminuta del mapa a la que le tiemblan las manos.
II. Regine
En septiembre de 1840, con veintisiete años, Kierkegaard se comprometió con Regine Olsen. En agosto del año siguiente devolvió el anillo; la ruptura definitiva llegó en octubre. Contarlo como un único acto resuelto borraría las vacilaciones y el daño.
Sus diarios y escritos posteriores muestran el peso que tuvo la relación. Son, sobre todo, su versión. Aparecen la melancolía, una vocación religiosa y un secreto imposible de compartir. No podemos escoger una causa oculta y dar el asunto por resuelto.
Él se fue. La separación constituyó un trasfondo importante de su escritura, no una llave que abra todos sus libros. Una filosofía no se reduce al comentario de un desengaño amoroso. Regine tampoco se reduce a la inspiración de un filósofo.
Lo más fácil sería contar el dolor de él de manera tan absorbente que desapareciera la otra persona. Ella también tenía un futuro y debía soportar consecuencias. Se casó después y siguió viviendo: su historia no terminó la tarde en que él se dio la vuelta.
Nadie puede elegir por mí: Kierkegaard hizo esa idea especialmente intensa. A su lado hace falta otra: una decisión que tomo a solas puede caer con todo su peso sobre alguien más.
Comprender el propio sufrimiento no implica comprender el ajeno. Su talento no cerró esa distancia. Podemos leerlo con seriedad sin convertirlo en un héroe exento de dar explicaciones.
III. O lo uno o lo otro
Publicado en 1843, O lo uno o lo otro sienta a la misma mesa maneras distintas de vivir. Una busca experiencias, posibilidades y cosas interesantes. Otra pregunta qué se ha vivido realmente si cualquier compromiso debe permanecer revocable.
El esteta no es un simple buscador de placeres superficiales. Es sensible, inteligente, atento al aburrimiento de las convenciones. Sin embargo, puede convertir a los demás y a sí mismo en experiencias que se disfrutan y se sustituyen, sin quedarse a sostener una relación.
El juez Guillermo defiende el matrimonio, la responsabilidad y la elección duradera. No se trata de recomendar una vida gris. La repetición también puede profundizarla: continuar cuidando algo cuando la novedad ya no proporciona el impulso.
Pero el juez no es el autor que por fin entrega la respuesta correcta. Hay varias voces, un editor inventado y una conclusión religiosa. El libro no cabe en un folleto según el cual casarse demuestra madurez.
Las razones pueden mejorar una decisión sin convertir una promesa en un teorema. Tener buenos motivos para confiar no garantiza que nunca te hagan daño. Y carecer de garantía tampoco obliga a obedecer al primer impulso.
Ahí aprieta la disyuntiva: no decidir también va haciendo una vida. Mantener abiertas todas las puertas no obliga al tiempo a esperarte en el umbral.
IV. La angustia
El concepto de la angustia, de 1844, pertenece a una reflexión cristiana sobre el pecado y la libertad. No es un manual terapéutico actual. Reservarlo exclusivamente a los teólogos, sin embargo, impediría reconocer la cercanía de algunas de sus observaciones.
Distingue la angustia del miedo a un peligro concreto. En una altura podemos temer la caída y sentir también un vértigo extraño ante nuestra propia posibilidad de actuar. Atracción y retroceso se mezclan. Algo que aún no sucede ya altera el cuerpo.
De ahí la conocida formulación del vértigo de la libertad. No invita a nadie a acercarse a un precipicio. La posibilidad misma tiene peso: todavía no has perdido nada, pero el quizá ya te tiene atrapado.
Pensemos mejor en una mano sobre el botón que enviará una carta de dimisión. Entender la libertad no volverá justo al empresario ni suspenderá el alquiler. Las circunstancias limitan de verdad las opciones disponibles.
Por eso no hay que atribuir toda angustia a la falta de valor para ser libre, ni culpar exclusivamente de cada mala elección a quien la toma. Una observación sobre la existencia no diagnostica todas las enfermedades ni elimina la coacción o la pobreza.
A veces, sencillamente, otra página de instrucciones ya no disuelve la vacilación. Hay información suficiente, pero empezar sigue correspondiéndote. No exige resistir en soledad. Pedir ayuda también es una acción.
V. La fe
Kierkegaard fue un pensador cristiano. Lo estético, lo ético y lo religioso designan orientaciones exploradas en su obra, no tres pisos que todo el mundo ascienda por turno. La religión no concede permiso para dejar de responder ante los demás.
Temor y temblor gira alrededor de Abraham e Isaac. Un padre conduce al hijo a una montaña bajo la orden de sacrificar a quien ama. En el Génesis se detiene la muerte del niño y un carnero ocupa su lugar. Pero, durante el camino, ¿cómo entender al padre?
Johannes de Silentio, el narrador bajo seudónimo, insiste en que no comprende a Abraham. Éticamente, lo que aparece es un padre dispuesto a matar a su hijo. En su fe está, sin embargo, la expectativa de no perder finalmente a Isaac. Decir «cree» no resuelve la contradicción.
El «salto de fe» es una fórmula posterior habitual para resumir este pensamiento. Señala una discontinuidad entre demostrar y creer, no un salvoconducto sagrado para impulsos arbitrarios. La suspensión de lo ético que plantea el libro inquieta precisamente porque no se vuelve una norma tranquilizadora y general.
Si alguien invoca una certeza íntima para exigir la vida de otro, las preguntas deben continuar. Isaac no es un accesorio del desarrollo espiritual de su padre. Mantener al niño a la vista no evade el problema: impide que el problema se lo trague.
Hume vuelve a sus amigos y al backgammon. Schopenhauer deja espacio para el arte, la compasión y una renuncia más exigente. Kierkegaard mantiene encendida la cuestión religiosa. Son respuestas distintas, no la caricatura de uno que se sienta, otro que desespera y otro que salta.
VI. Junto al palacio
Su relación con Hegel fue más compleja que el odio. Kierkegaard aprendió de la tradición que criticaba y discutió con los hegelianos daneses. Reducirlo a una enemistad personal entre dos hombres ocultaría lo importante.
Su personaje Johannes Climacus pregunta si una persona que aún existe puede construir un sistema ya completo de la existencia. El escritor sigue dentro del tiempo, puede cambiar y va a morir. ¿Desde dónde anunciaría que ha contemplado el conjunto desde fuera?
Imaginemos la crítica como un palacio espléndido junto a una vivienda pequeña. El pensador construye un edificio intelectual magnífico, pero regresa a unas habitaciones estrechas para comer, dormir y decidir. Poseer una explicación no equivale a habitar la vida que promete.
Esto no significa que Hegel ignore el sufrimiento ni que la dialéctica sea una escalera automática llamada tesis, antítesis y síntesis. Hegel aborda seriamente el conflicto, la negación y la libertad. No podemos aplanar al adversario y luego felicitarnos por haber rescatado a la persona.
La diferencia que más nos toca es la que separa explicación y responsabilidad. La historia puede describir el contexto de una ruptura; la psicología, ofrecer indicios. Mañana, sin embargo, quien debe hablar ante la otra persona es alguien concreto.
Un relato amplio puede orientarlo. No puede disculparse por él, cumplir sus promesas ni comunicar al herido que todo está arreglado. El yo y el tú no deben quedar reducidos a posiciones dentro de un argumento.
VII. Con Platón
Platón pregunta qué vuelve el juicio más fiable que las opiniones cambiantes. Kierkegaard pregunta cómo quien entiende una verdad llega a vivir de acuerdo con ella. Leídos juntos, permiten distinguir dos distancias.
Hay pérdidas y separaciones en ambas vidas. Eso no permite convertir las Formas en una huida psicológica de Platón ante la muerte de Sócrates, ni toda la obra de Kierkegaard en consecuencia de su noviazgo. Una herida no es la partida de nacimiento de una filosofía.
En la República, quien sale de la caverna tiene que regresar. Conocer no garantiza comodidad: volver puede ser peligroso. Platón no promete sin más que ascender hacia las Formas acabará con todo dolor.
Tampoco debemos hacer de Kierkegaard el portavoz de que cuanto más se sufre, más auténtica es la vida. El sufrimiento puede destruir, y la angustia merece cuidados. Dormir tranquilamente no vuelve a nadie menos real que un insomne.
La comparación fecunda conserva dos recorridos: de la opinión a un conocimiento mejor, y de comprender a comprometerse personalmente. Ninguno cancela al otro. Ninguno tiene por qué recorrerse de una vez para siempre.
Leer un razonamiento claro de madrugada puede ayudar. Cerrado el libro, todavía habrá que encontrarse con quien espera una respuesta. La filosofía puede acompañarte hasta allí. No puede presentarse en tu lugar.
VIII. Los nombres
Victor Eremita figura como editor ficticio de O lo uno o lo otro, donde también hablan el esteta y el juez. El narrador de Temor y temblor no es un maestro que demuestre serenamente cómo tener fe.
El concepto de la angustia aparece bajo el nombre de Vigilius Haufniensis. Cambiar el nombre cambia el lugar desde el que se mira. Juntar todas las afirmaciones de los seudónimos y atribuirlas como veredicto personal a Kierkegaard borraría la disposición literaria.
Tampoco se trata solamente de esconderse. Publicó discursos religiosos con su nombre y, más tarde, Las obras del amor. Allí importa el prójimo, no solo la intensidad interior. Un hombre solitario ante un abismo no representa toda su escritura.
La comunicación indirecta contiene una contención: puedo inquietarte y disponer una escena difícil, pero mi autoridad de escritor no puede entregarte la fe. Asentir a una frase y permitir que cambie una vida son cosas distintas.
En eso recuerda a Sócrates. Pero Sócrates no se limitó a declarar su ignorancia ni Kierkegaard a esconder respuestas. Ambos tenían convicciones y preocupaciones fuertes. Sus preguntas orientan activamente la atención.
Dejar espacio no significa carecer de rumbo. Lo difícil es plantear una exigencia sin convertir al otro en un mecanismo para ejecutarla. Los seudónimos llevan esa dificultad a la forma misma de los libros.
IX. Copenhague
Kierkegaard ingresó en un hospital de Copenhague en el otoño de 1855. Murió el 11 de noviembre, a los cuarenta y dos años. Su última campaña pública cuestionaba a la Iglesia establecida: ¿bastaba nacer en un país cristiano, asistir al culto o tener un cargo religioso para vivir cristianamente?
Rechazó la comunión final administrada por un pastor de esa Iglesia. El gesto pertenece a su conflicto institucional, no a una orden universal de demostrar la fe mediante sufrimiento. Sus preguntas no pueden decidir cómo deben vivir todos los cristianos.
Murió pronto, pero comparar edades de filósofos no establecería el valor de esos años. Las voces que discuten en sus libros siguen esperando ser escuchadas. No pueden sustituirse por la imagen de un único salto heroico.
Volvamos al puente imaginario de esta serie, no a un encuentro histórico. Hume ordena sus fichas de backgammon; el perro de Schopenhauer espera. Platón levanta la mirada hacia un hombre delgado detenido donde gira el camino.
Kierkegaard no salta por encima de la barandilla. Aquí, el movimiento hacia delante es un paso a un mañana sin garantía del que debe hacerse responsable. No es una exhibición de valentía ni una orden para que los demás lo sigan.
Hay un camino delante y, en otra parte, una persona cuya respuesta él no puede proporcionar. No proclamamos su salvación ni el perdón de Regine. Un paso propio no cierra las heridas que otros siguen llevando.
Las tres de la mañana. Sigues despierto. Cuando amanezca, quizá puedas intentar algo más pequeño que comprender la vida entera.
Dar una respuesta honesta a quien la está esperando.
Notas de lectura y fuentes
Se distingue el intento de ruptura de agosto de 1841 de la separación definitiva de octubre. Las explicaciones autobiográficas no establecen un diagnóstico; la vida de Regine no es solo material sobre sus libros.
Victor Eremita es un editor ficticio. Las voces bajo seudónimo no son sin más el veredicto del autor; el problema de la fe no autoriza el daño. Las comparaciones, el dormitorio y el puente son interpretación e imaginación del ensayo.
Enciclopedia de Stanford: Kierkegaard · Centro Kierkegaard: Regine · Centro Kierkegaard: enfermedad y muerte · Escritos de Kierkegaard: catálogo de ediciones
Reescritura española independiente. Fuentes, citas y notas detalladas en la edición china e inglesa。