Non DubitoEssays in the Self-as-an-End Tradition
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037 / 108 · Cuando el mundo nos rehace

Agustín, pero todavía no

Saber cómo vivir no equivale a poder hacerlo. Un jardín, un peral y un libro que sigue abierto.

I. Una voz en el jardín

En el verano del año 386, Agustín llora bajo una higuera en Milán. Así recordará la escena muchos años después.

Tiene treinta y un años. Ha enseñado retórica, ha pasado por el maniqueísmo y ha leído a los platónicos. Varios obstáculos intelectuales que lo alejaban del cristianismo han cedido. Pero comprender una creencia y aceptar la vida que pide son dos cosas distintas. Entre ambas queda un paso que todavía no logra dar.

Su madre, Mónica, desea su conversión. Ese deseo no puede decidir por él. Tampoco un argumento convincente recoge de golpe las ambiciones, los placeres conocidos y las costumbres para dejarlos fuera de casa. Agustín sabe defender una vida que aún no consigue elegir.

Recuerda haber oído una voz infantil que repetía Tolle, lege: toma y lee. La interpreta como una llamada, abre las cartas de Pablo y encuentra el pasaje de Romanos que invita a abandonar los excesos y a revestirse de Cristo. Cuenta que entonces se disipó la oscuridad de la duda.

Estamos leyendo una escena elaborada en las Confesiones, no una grabación hecha en el jardín. Parte de su fuerza está en el momento anterior: un hombre muy hábil con las palabras ha llegado al lugar donde la elocuencia ya no le permite esquivarse a sí mismo.

Un relato de conversión podría terminar aquí. Su vida no termina. Aquel instante le da una dirección; no le resuelve todas las preguntas que vendrán después.

II. Ponerse dentro de la pregunta

Las Confesiones, escritas hacia finales del siglo IV, tienen trece libros. Los nueve primeros recorren la infancia, los estudios, los deseos, la conversión y la muerte de Mónica. El décimo vuelve sobre quien está escribiendo: su memoria y sus tentaciones presentes. Del undécimo al decimotercero se examinan el Génesis, la creación y el tiempo.

Por eso el libro no se cierra con la noticia tranquilizadora de que su autor ya es mejor persona. Hemos salido del jardín con él y, sin embargo, vuelve a llevarnos al interior de la memoria. ¿Acaso quien escribe este relato se conoce ahora por completo?

La Antigüedad ya tenía tradiciones de examen personal; la reflexión diaria de Zengzi en las Analectas es una de ellas. Agustín convierte una larga historia privada en una interrogación sostenida, que incluye también al hombre que recuerda. Esa manera de escribir dejará una huella profunda en la literatura autobiográfica.

Cuenta un robo de adolescente, una larga relación con una mujer de la que tuvo un hijo, su deseo de prestigio. Recuerda también haber pedido castidad y dominio de sí, añadiendo por dentro una reserva diminuta: pero todavía no.

Esa reserva nos detiene. Estoy de acuerdo con cambiar. Hasta puedo emocionarme al imaginar la mejor persona que llegaré a ser. Solo pido que no me quiten hoy las ventajas de hoy. La promesa se convierte en una forma de aplazar; la propia sinceridad puede ponerse al servicio de seguir igual.

Agustín habla con Dios, pero se dirige expresamente también a los posibles lectores humanos. Confesar incluye aquí alabar y reconocer las faltas, no informar a un Dios desinformado. Wittgenstein vuelve a abrir un libro que lleva su firma; Agustín reabre una vida que había sabido explicarse. En ambos casos, una versión establecida del yo pierde el derecho a decir la última palabra.

III. Las peras no eran lo importante

En el segundo libro aparece un peral. El joven Agustín y unos compañeros salen de noche a robar sus frutos. Prueban algunos y arrojan la mayor parte a los cerdos. No tiene hambre; en casa hay fruta mejor.

Años después sigue preguntándose qué quería aquella noche. Si hubiera querido una pera, la explicación sería más sencilla. El atractivo parece estar en hacer lo prohibido y salir impune. La fruta pasa casi a segundo plano.

Pero no se conforma con la declaración rotunda de que amaba hacer el mal. Los compañeros regresan al relato. Solo, dice, no lo habría hecho. El gusto por la travesura compartida, el miedo a parecer cobarde, la vergüenza de no ser lo bastante desvergonzado también forman parte de la decisión.

La escena no queda lejos. Un grupo de amigos se burla de alguien ausente. No te cae especialmente mal, pero te ríes con los demás. Decir después que no tenías mala intención puede ser verdad; todavía no explica por qué prestaste tu voz a esa humillación.

Agustín entiende lo ocurrido mediante el pecado y el amor desordenado. No hace falta trasladar inmediatamente el peral a la consulta de Freud. Vale la pena seguir su vacilación: una explicación no basta y la siguiente también necesita examen. Un pequeño robo puede revelar de una persona mucho más de lo que cabe en un único motivo.

IV. El pecado original no es un insulto

El pecado original es una de sus ideas más influyentes y más discutidas. Agustín hereda tradiciones cristianas anteriores y subraya, sobre todo en sus controversias posteriores, que nuestra dificultad no procede únicamente de las malas decisiones individuales. También está ligada a la caída de Adán y a la condición compartida de la humanidad.

Es una afirmación teológica. El gesto celoso de un bebé que aparece en las Confesiones no constituye un experimento capaz de demostrar una doctrina entera. Podemos comprender cómo piensa Agustín sin aceptar cada paso de su conclusión.

Tampoco se entiende bien diciendo que las personas nacen sucias. Para él, la naturaleza creada es buena y el mal no es una sustancia independiente situada junto al bien. Hablar de daño, desorden y necesidad de curación no equivale a declarar que alguien carece de valor.

Si invitamos a Huineng a la conversación, conviene evitar una competición entre seres humanos limpios y sucios. El despertar y el desapego de su tradición no consisten en borrar todo lo que una descripción no alcanza a decir de alguien. El pecado original tampoco consiste en llamar malo a todo ese resto. Los dos caminos preguntan cosas distintas y entienden de otra manera la liberación.

Podemos llevarnos una pregunta más pequeña y muy cercana: ¿por qué saber lo que debo hacer sigue sin bastar para hacerlo? Agustín ofrece una respuesta teológica. La pregunta queda también para quien no acepta esa respuesta. Reconocer una limitación no tiene por qué convertirse en desprecio por la persona limitada que somos.

V. No basta con apretar los dientes

Entonces proponte hacerlo de verdad. Conocemos el consejo: dejar un hábito, salir de una relación dañina, reconocer un error. Si el intento fracasa, la receta más fácil suele ser otra dosis de esfuerzo.

Agustín no se da por satisfecho. Si quien toma la decisión ya está tironeado por deseos contrarios, gritarse más fuerte no necesariamente cose la división. La voluntad no ha desaparecido; lo que él discute es que pueda realizar su propia salvación mediante fuerzas autosuficientes.

Su esperanza se llama gracia. El don de Dios no es un premio por rendir bien ni una ayuda que se entrega únicamente después de cumplir los requisitos. En su fe, incluso volverse hacia el bien y disponerse a recibir ayuda dependen de la gracia.

Su pensamiento sobre ella se desarrolla a lo largo de controversias. Cómo se relacionan la libertad y la gracia, y cómo actúa la persona en esa relación, seguirá ocupando a las tradiciones cristianas posteriores. Agustín exhorta, reza y pide acciones. Depender de la gracia no vuelve innecesaria la respuesta humana.

La comparación con Wittgenstein gana si evitamos caricaturas. Las revisiones del filósofo también debieron mucho a las críticas ajenas; el Dios de Agustín significa más que un apoyo psicológico. Entre ambos queda una pregunta fecunda: cuando cambio, ¿puedo apuntar a mi nombre todas las fuerzas que hicieron posible ese cambio?

El lector no creyente no necesita rebautizar la gracia como amistad o terapia. Puede conservar su significado religioso y reconocer a la vez una experiencia cotidiana: pedir ayuda no siempre es lo contrario de actuar por uno mismo. A veces empezamos a actuar cuando dejamos de fingir que podemos hacerlo todo solos.

VI. Terminar una canción

En el libro XI la pregunta pasa a ser el tiempo. Decimos con facilidad demasiado pronto, demasiado tarde, espera un momento. Cuando intentamos explicar qué es el tiempo, esas palabras conocidas dejan de resultar tan fáciles.

Lo pasado ya no está aquí; lo futuro todavía no ha llegado. El presente se desliza hacia el pasado mientras tratamos de nombrarlo. ¿Cómo sabemos entonces que una duración es larga y otra corta? ¿Qué estamos midiendo?

Agustín propone pensar en recitar o cantar algo conocido. Antes de empezar, la canción entera está en la expectativa. A mitad de camino, una parte pertenece a la memoria y otra sigue pendiente de ser cantada. La atención lleva lo esperado hacia lo recordado. Nunca poseemos la canción como un bloque simultáneo y, sin embargo, la vivimos.

Memoria, atención y espera permiten entrar en la experiencia temporal. Él habla de una distensión del alma. Eso no se reduce a decir que el tiempo exterior no existe ni anticipa las respuestas completas de Kant o Husserl. Preguntas emparentadas pueden iluminarse sin perder sus diferencias.

No estamos tan lejos del hombre del jardín. Cuando dice todavía no, deposita la esperanza en el futuro y deja que el hábito gobierne el presente. No solo nos desplazamos por el tiempo: entre la memoria y la espera nos entendemos, nos prometemos algo o negociamos una prórroga.

Para Agustín, la eternidad de Dios no es una línea temporal alargada infinitamente. Podemos discrepar sin dar por cerrado el problema con una objeción rápida. La canción nos deja al menos una diferencia: explicar una vida no es tenerla entera, a la vez, en las manos.

VII. Una pregunta, distintos caminos

Las justificaciones y los deseos enfrentados hacen pensar en Freud y en los personajes de Dostoievski. A veces, cuanto más solemnemente alguien explica sus motivos, mejor se oye otra voz debajo de lo que dice.

El encuentro merece conservarse. Agustín, sin embargo, no es un psicoanalista vestido de antiguo. Querer cambiar y no querer no se reparte automáticamente entre conciencia e inconsciente. Muchos deseos de las Confesiones son dolorosamente conocidos por quien los siente.

En el robo de las peras, transgredir y hacerlo acompañado son precisamente fuentes de placer. Freud se preguntará también por qué repetimos experiencias dolorosas. Las dificultades que desarrolla alrededor de la compulsión de repetición en Más allá del principio de placer ya exceden la alternativa entre querer robar y querer la fruta.

Agustín examina voluntad, amor, pecado y gracia. Freud elabora otra explicación de los conflictos y los procesos psíquicos. Dostoievski hace que sus personajes vivan estas dificultades en una historia. No se trata de tres visitas al mismo sótano que solo cambian de nombre los muebles.

Podemos pasar entre esos libros con una pregunta común: ¿mi explicación de mí mismo ya contiene a la persona que quisiera que vieran los demás? No hace falta aceptar antes una teoría completa. Quizá baste con ir un poco más despacio la próxima vez que digamos: sé exactamente por qué lo hice.

VIII. Dos ciudades, no dos mapas

En el año 410 los visigodos saquean Roma. Algunos culpan al abandono de los antiguos dioses en favor del cristianismo. Agustín empieza La ciudad de Dios en 413 y concluye sus veintidós libros hacia 426. La obra acaba yendo mucho más lejos que la respuesta a una acusación del momento.

Dos orientaciones del amor forman las dos ciudades: la exaltación de uno mismo hasta despreciar a Dios, y el amor a Dios que retira la propia gloria del lugar supremo. Ciudad no significa aquí un mapa con Roma pintada de rojo y la Iglesia de azul. Tampoco es una simple separación entre Estado e Iglesia.

Sus ciudadanos están mezclados en la historia y comparten sociedades visibles. No sabemos la pertenencia última de cada cual; ser miembro visible de la Iglesia no entrega un certificado de salvación. Esa mezcla no significa que cada persona pertenezca simultáneamente a ambas ciudades. La lucha interior no suprime la diferencia entre las dos orientaciones últimas.

La ciudad de Dios ya tiene una vida peregrina en el mundo; no aparece de repente al final de la historia. Su plenitud pertenece al futuro que Agustín espera en la fe. Así se separan la suerte de Roma y la esperanza cristiana. Ningún imperio ofrece un seguro de eternidad.

Es una advertencia incisiva contra el orden existente que pretende ocupar el lugar de la respuesta final. Pero Agustín también llegó a defender medidas coercitivas para devolver disidentes religiosos a la Iglesia. Su profundidad consigo mismo no lo hizo siempre generoso con la libertad ajena. Hay que leer juntos la intuición y el problema que deja su autor.

Leer en paralelo a Hegel, Marx o Agustín exige distinguir sus argumentos, las prácticas institucionales relacionadas con ellos y sus esperanzas. Son cosas distintas. Podemos preguntar cómo una esperanza entra en el poder y cómo trata al discrepante. La comparación vuelve entonces desde una lista de vencedores a las dificultades de vivir.

IX. El libro sigue abierto

Agustín muere en Hipona el 28 de agosto del año 430, con setenta y cinco años, mientras los vándalos sitian la ciudad, en la actual Argelia. Su trabajo intelectual no había terminado en el jardín de 386. Aún le aguardaban extensos escritos sobre la Trinidad, el libre albedrío, las Escrituras y la historia.

En la vejez incluso vuelve sobre sus propias obras en las Retractaciones, revisando y corrigiendo afirmaciones anteriores. La fe le ha dado una dirección, no una dispensa general de volver a pensar. Los lectores posteriores todavía pueden encontrar a un pensador que se está revisando.

Su influencia atraviesa la Edad Media y llega a la Reforma; Lutero había sido fraile agustino. Para quien no vaya a seguirlo en toda su teología, sin embargo, quizá lo primero que permanece sea una vacilación: quiero cambiar, pero todavía no.

Hagámoslo llegar ahora al puente imaginario de esta serie. Lleva unas Confesiones abiertas; cerca están los dos libros de Wittgenstein. Ninguno necesita derrotar al otro y ninguno puede pensar hasta el final en su lugar. Uno reabre respuestas ya dadas; el otro interroga de nuevo al yo que aquellas respuestas ayudaban a explicar.

No necesitamos aceptar el pecado original para conmovernos ante las lágrimas del jardín. Ni declarar a las personas impuras para siempre para reconocer lo difícil que es cambiar. Asumir un daño, renunciar a una excusa respetable, pedir ayuda: pueden ser comienzos, no premios reservados a quienes ya cumplen los requisitos.

El libro sigue abierto. Quizá hoy no podamos ordenar una vida entera. Pero ese después al que llevamos tanto tiempo aplazándola puede acercarse un poco.

Notas de lectura y fuentes

El jardín y las peras son relatos retrospectivos de las Confesiones. El libro X examina el yo presente y la memoria; XI–XIII tratan de la creación y el Génesis, con el análisis temporal en XI.

El pecado original, la gracia y las dos ciudades se presentan como posiciones teológicas de Agustín, no como un juicio sobre el valor humano. Las comparaciones son lecturas ensayísticas; el puente es imaginario.

Tenía treinta y un años al convertirse, en el verano de 386 (nació el 13 de noviembre de 354). Sobre la coerción religiosa: carta 93; sobre las ciudades: La ciudad de Dios I.35, XIV.28 y XIX.17.

Confesiones II: las peras y los compañeros · Confesiones VIII: voluntad dividida y jardín · Confesiones X: el yo presente y la memoria · Confesiones XI: tiempo y recitación · La ciudad de Dios I: las ciudades entremezcladas · La ciudad de Dios XIV: los dos amores · La ciudad de Dios XIX: peregrinación y paz terrena · De la gracia y el libre albedrío · Carta 93: la coerción religiosa · Enciclopedia de Filosofía de Stanford: Agustín

Reescritura española independiente. Fuentes, citas y notas detalladas en la edición china e inglesa。