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Non Dubito

Lenguaje y escritura · 02

Las palabras están bien. ¿Por qué algo sigue sin encajar?

Algunas dificultades para decir algo se resuelven expresándolo mejor. Otras requieren decidir qué estamos dispuestos a decir. La IA puede ayudarnos a encontrar las palabras, pero no dar por nosotros ese paso de hablar.

Han Qin ·

Imagina que un domingo por la noche abres el chat de una amiga. Su madre lleva una semana en el hospital. Prometiste ir a verla, pero el trabajo te ha llevado a posponer la visita una y otra vez. Sabes que deberías decir algo. Escribes «Últimamente no he tenido un momento», lo miras y lo borras. Es verdad, pero enviarlo parece poner la explicación en sus manos y pedirle, de paso, que te disculpe.

Pides a una IA que te ayude. Enseguida redacta un mensaje breve y considerado: reconoce tu descuido, expresa preocupación y deja claro que ella no tiene obligación de responder. Es mucho mejor que lo que acababas de escribir. Lo lees y hasta sientes alivio. Pero el dedo se detiene sobre el botón de enviar. Las palabras están bien. ¿Por qué algo sigue sin encajar?

Esa pausa no significa necesariamente que la IA haya escrito algo falso, ni que debas redactar a mano un mensaje lleno de tropiezos. Quizá había dos problemas confundidos y un buen texto acaba de separarlos: uno es cómo se puede decir esto; otro, si ahora mismo haces tuyas esas palabras.

No todas las dificultades para hablar son iguales

A veces, de verdad nos faltan palabras. Vemos a un perro viejo tumbado junto a la puerta y decimos que «ha envejecido». Eso no expresa su instante de vacilación antes de levantarse, ni la velocidad con que antes corría hacia nosotros. Si contamos un poco más, encontramos una comparación o recuperamos un recuerdo, quizá otra persona pueda percibir algo de lo que había quedado fuera. La expresión no está condenada al fracaso. Una palabra precisa o una buena descripción pueden iluminar un sentimiento hasta entonces borroso.

Pero no todo lo omitido espera una palabra más exacta que lo complete. «Quiero volver a casa» no pesa lo mismo en una estación después de cenar que junto a una cama de hospital. Un diccionario puede explicar «casa» y añadir ideas de nostalgia, pertenencia y seguridad. No puede, sin embargo, pronunciar esa frase en lugar de esa persona, en ese momento y ante quien tiene delante. Hablar no consiste solo en trasladar un significado de la cabeza a la pantalla: también es hacer algo entre dos personas.

La dificultad en el chat de tu amiga tiene esas dos capas. Necesitas una disculpa que no sea una defensa propia. También dudas si reconocer que no fueron únicamente las circunstancias las que te impidieron ir. Ambas cosas se afectan, pero no son el mismo problema. Encontrar las palabras adecuadas puede aclarar lo que reconoces. Por adecuadas que sean, no te hacen asumirlo de manera automática.

Podemos llamar, provisionalmente, «lo que queda» a aquello que una expresión no alcanza a decir del todo. Parte disminuye al expresarnos mejor; parte reaparece de otra manera a lo largo de la conversación. Distinguir decepción, envidia y cansancio dentro de una tristeza confusa suele ayudar. Una vez distinguidos, quizá descubramos que lo que de verdad duele es que otros hayan decidido por nosotros cómo deberíamos sentirnos. Expresarnos resuelve ciertas dificultades y también puede abrir nuevas preguntas. Lo importante no es contar cuánto queda, sino distinguir qué falta esta vez.

Por eso el silencio tampoco equivale siempre a un fracaso. A veces es una evasión; otras, falta de palabras. Otras veces permite dar tiempo a alguien sin encajar inmediatamente su dolor en nuestra propia explicación. Si tu amiga, que está cuidando de su madre, responde «Hoy estoy un poco cansada», no hace falta convertir esa frase en un informe psicológico completo. Pero el silencio tampoco es profundo por naturaleza. Callar cuando corresponde pedir disculpas no se vuelve sincero solo porque resulte difícil hablar.

Las metáforas muestran otra cara del asunto. Si alguien dice «Estos días siento que llevo una bolsa que no tengo dónde dejar», no es porque haya olvidado el término especializado adecuado. La imagen reúne cansancio, responsabilidad e imposibilidad de parar, y permite a quien escucha sentir por primera vez el peso de esos días. No lo dice todo, pero cambia el punto desde el que puede empezar la siguiente frase. El lenguaje deja cosas fuera; también puede abrirles otra puerta.

Lo mismo ocurre al traducir. La palabra portuguesa saudade suele nombrar un vínculo atravesado por la añoranza y la pérdida; el japonés wabi-sabi remite a determinadas maneras de mirar y a experiencias de vida concretas. Llevarlas a otra lengua puede requerir una explicación, una escena o incluso varias conversaciones. Eso no significa que sean intraducibles, ni que una lengua sea superior a otra. Los ecos que una palabra ha reunido dentro de una forma de vida no siempre caben en una sola palabra de otro idioma. La traducción puede llevarlos poco a poco al otro lado e incluso permitir que quienes leían el original oigan algo que antes no habían advertido.

Que «el sentido no se haya dicho por completo» no significa, por tanto, que «el verdadero sentido permanezca siempre escondido fuera del lenguaje». El sentido también crece al buscar, equivocarnos, reformular y responder. Una amiga pregunta por qué te has distanciado. Empiezas a explicarlo y, a mitad de la explicación, descubres que en realidad temías ser una carga para ella. No has trasladado con mayor precisión una respuesta ya hecha: hablar te ha ayudado a comprender tu situación.

Qué puede ayudarnos a ver la IA

Ahí es donde la IA puede ser útil. Ofrece con rapidez varios tonos, distingue matices entre sinónimos o deshace una frase a la que llevas mucho tiempo dando vueltas. Solo habías conseguido escribir «Estoy agotado». Entre sus propuestas reconoces algo: no es que no te queden fuerzas, sino que no quieres ser siempre quien recoge los platos rotos. Tendrás que decidir si esa frase es cierta, pero una expresión llegada de fuera te ha ayudado a reconocer un sentimiento que no habías distinguido.

Desde el punto de vista técnico, los tókenes de entrada y salida de un modelo de lenguaje son discretos, mientras que en su interior trabaja con representaciones vectoriales que varían según el contexto. No hace falta imaginarlo como una caja que solo extrae etiquetas de un diccionario. Pero usar vectores tampoco implica que posea de forma natural un significado completo, y menos aún que todas nuestras dificultades para expresarnos se deban a que las palabras son discretas. La memoria, las relaciones, la vergüenza, las circunstancias y la experiencia ya forman parte de cómo hablamos. Una explicación técnica puede dar cuenta de algunas capacidades, pero no sustituye el juicio sobre lo que se dice en un caso concreto.

Volvamos al mensaje que no has enviado. Le dices a la IA: «Esto parece una nota formal para expresar preocupación. No hablamos así». Lo reescribe. Entonces añades: «No digas que la entiendo perfectamente. No sé lo que se siente al cuidar a alguien enfermo». La segunda objeción es más concreta que la primera. No estás eligiendo solo un tono: estás viendo con más claridad qué no quieres atribuirte. El contraste que ofrece la IA te ayuda a reconocer tu posición.

Más adelante conservas una de sus propuestas: «No hace falta que me contestes ahora». No se te había ocurrido, pero expresa fielmente lo que quieres. Aceptarla no hace que de repente dejes de ser tú. También aprendemos expresiones de nuestros amigos, tomamos metáforas de los libros y pedimos ayuda para empezar una carta difícil. Las palabras importantes no tienen que inventarse en soledad para ser nuestras. Si las has leído, comprendido y estás dispuesto a hacerlas tuyas, una expresión ofrecida por una herramienta puede formar parte de una acción auténtica.

A veces la ayuda amplía las posibilidades: no sabía que podía decirse así. Otras funciona por contraste: está muy bien escrito, pero no es lo que quiero decir. Otras se convierte en un intercambio: una propuesta te hace pensar en otra cosa, la devuelves y seguís hablando. No hay un número obligatorio de objeciones. Puedes encontrar la expresión adecuada a la primera, o corregir muchas veces sin acercarte a lo que realmente querías decir. Discrepar no prueba que estés presente; atascarse tampoco es una medalla.

No debemos imaginar el modelo como un espacio neutro, sin inclinaciones. Los materiales de entrenamiento, la configuración del producto y tu pregunta influyen en las direcciones que propone. Algunas respuestas suelen empezar dando la razón para luego introducir un matiz; otras cierran cualquier contradicción compleja con una conclusión moderada. A veces esas formas son útiles y otras borran precisamente lo que más te importa. No todos los conflictos han encontrado un equilibrio. No todas las cartas deben acabar con «Gracias por esta experiencia». La fluidez es una cualidad del texto, no una prueba de que las cosas hayan quedado resueltas.

Conviene prestar atención a una sustitución gradual. Al principio solo pides ayuda con las palabras. Después te acostumbras a no pensar siquiera «¿Esto me importa lo suficiente como para dolerme?» o «¿Qué considero importante?», dando por hecho que una respuesta ya preparada tiene más autoridad que tus propios sentimientos. El problema no es que alguien haya redactado un mensaje por ti. Es si todavía puedes decir de verdad: «Aquí hay algo que no encaja; no hago mía esta frase». O también: «Esto es mejor de lo que había pensado; quiero actuar así». La segunda respuesta también es un juicio, y no vale menos que la primera.

Eso no se diagnostica contando cuánto se usa una herramienta. Quien la utiliza mucho puede aprender a reconocerse cada vez mejor; quien no usa ninguna puede limitarse siempre a repetir lo que dicen otros. Podemos observar si una colaboración ayuda a expresarse con más claridad y a revisar los propios juicios. No podemos declarar que alguien ha sido sustituido por el mero hecho de aceptar una propuesta. Por muy bien que se exprese un sistema, su capacidad de expresión no puede sustituir tu acto de asumir ahora ese compromiso.

Tampoco conviene dar por establecida una ley según la cual la IA vuelve más creativos a los escritores o hace que todos sus textos se parezcan. Una propuesta puede abrir asociaciones nuevas o comprimir decenas de situaciones en el mismo formato. Hay que atender a la persona, a la tarea y a cómo continúa la colaboración. Alguien puede no usar IA porque escribir a solas le importa; eso no lo vuelve poco abierto. Otra persona puede escribir cada vez mejor con ayuda de la IA, sin que por ello debamos sospechar que carece de voz propia. La ayuda es real, pero usarla o no usarla no tiene por qué convertirse en otro examen de legitimidad.

Añadir a la pantalla un botón que diga «Confirmado por ti» tampoco resuelve necesariamente el problema. Si no entiendes la propuesta o solo puedes elegir entre dos respuestas que no te representan, sigue habiendo una distancia entre participar de manera formal y juzgar de verdad. A la inversa, una herramienta puede ofrecer algo que nunca se te habría ocurrido y que estés dispuesto a asumir con seriedad; eso puede ayudarte a ver más claro. No necesitamos aparecer simbólicamente en un paso del proceso. Necesitamos poder comprender, reescribir y rechazar, y también estar sinceramente de acuerdo.

La última frase sigue siendo algo que hacer

Vuelves a leer el mensaje. Lo que queda por resolver ya no es si suena lo bastante cariñoso, sino qué estás dispuesto a prometer. Pensabas añadir «Para lo que necesites, aquí estoy», pero sabes que quizá no puedas estar siempre disponible. Un modelo más potente no puede garantizarlo honestamente por ti. Puede advertir del riesgo y ayudarte a limitar la promesa. Hasta dónde te comprometes sigue siendo algo que debes decidir teniendo en cuenta tu propia vida.

Al final escribes: «Perdona por no haber ido estos días. No debería haber seguido diciendo que estaba muy ocupado y dejándolo pasar. El miércoles por la noche puedo llevarte la cena; si no te viene bien, no te preocupes por mí». Dos frases vienen de las propuestas de la IA y otras dos las has cambiado tú. Eso no vuelve el mensaje medio verdadero y medio falso. La diferencia decisiva no está en quién tecleó cada palabra, sino en si sabes lo que has dicho y estás dispuesto a cumplirlo el miércoles por la noche.

Puede que tu amiga no lo reciba con gratitud. Puede decir que no hace falta o señalar algo que aún se te escapa. Dejarle espacio no es una estrategia para conseguir una respuesta amable, sino reconocer que ella también tiene voz en esa relación. Ningún mensaje, por hermoso que sea, puede escribir de antemano su reacción. Puedes responsabilizarte de abrir la conversación; no puedes convertirla en un desenlace que ella solo tenga derecho a dar por recibido.

A veces quedará una frase muy corriente; otras, una metáfora poderosa. A veces necesitarás de verdad la ayuda de alguien para hacer llegar lo que quieres decir. No hace falta volverlo torpe a propósito ni mantener el misterio de algo que nunca se puede expresar. Dejemos que se resuelvan las dificultades que una mejor expresión sí puede resolver.

Pero una vez encontradas las palabras, todavía hay algo que no sucede automáticamente: decidir a quién se las dices, por qué ahora y hasta qué punto estás dispuesto a que cuenten en tu vida. La IA puede ayudarnos a ver ese lugar con más claridad. No puede hacerlo desaparecer a fuerza de producir una prosa impecable. No es que al lenguaje le falte inteligencia: hablar nunca ha consistido solo en fabricar una frase.

Fuentes y nota de lectura

Este ensayo adapta a una forma literaria el artículo SAE correspondiente; no es una traducción párrafo por párrafo de toda su argumentación técnica. La versión española se ha reescrito de manera independiente, conservando el sentido de los argumentos y los ejemplos. Las escenas cotidianas son ejemplos ficticios. No se exige a los escritores que utilicen IA, ni se considera que aceptar una buena sugerencia implique, por sí solo, perder la voz propia.

Priberam · saudade ↗

Stanford Encyclopedia · Japanese Aesthetics ↗

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