NON DUBITO · Lecturas de cine · 1 / 3
Entre ellos, nada fue un intercambio
En este ensayo
Parker Wilson baja de un tren a altas horas de la noche, con el maletín en la mano, y encuentra en el andén un cachorro de akita que se ha perdido. Nadie lo reclama y en la estación no pueden quedárselo. Parker se lo lleva a casa, aunque su mujer ya ha dejado claro que, después de criar a su hija, no piensan empezar otro ciclo de cuidados.
En la vida de Parker no hacía falta un perro. No necesita un perro que vigile la casa, que trabaje o que haga trucos, ni un símbolo de alguna virtud. Le tiende la mano porque lo tiene delante y porque ese animal no puede salir por sí solo de la situación en la que se encuentra.
La relación empieza cuando Parker todavía no tiene ningún motivo para necesitar a Hachi y Hachi no tiene nada que ofrecerle a cambio.
I. Los cuidados llegan antes que el apego
Parker sí intenta encontrarle otro dueño a Hachi. Pone anuncios, pregunta a sus compañeros y a los conocidos de la estación, y hasta se refiere al perro como un «huésped de paso». La oposición de Cate no tiene nada de cruel; es muy práctica. Un perro supone comida, paseos, desperfectos, trabajo y toda una nueva etapa de responsabilidades.
Cate cambia de decisión después de ver jugar a Parker con Hachi. Más tarde llama alguien que ha visto el anuncio, pero ella le dice que ya se han llevado al perro. No ha encontrado un argumento que demuestre que tenerlo sale a cuenta. Ha reconocido que entre los dos ya hay una relación.
Ese orden importa. No hace falta sentir cariño primero para que ayudar esté justificado: son los primeros cuidados los que dan tiempo a que crezca el apego. Si Parker se hubiera exigido sentir cariño de antemano, nunca habría compartido con Hachi la vida de la que podía nacer ese cariño.
II. El perro que no quiere ir a por la pelota
Parker intenta una y otra vez enseñarle a Hachi a traer la pelota. Hachi lo mira, ignora la pelota que acaba de lanzar o deja que sea el propio Parker quien corra a recogerla. Ken, su compañero japonés, le explica que los akitas no viven pendientes de complacer a las personas y que no se los compra con una galleta. Si algún día Hachi va a por la pelota, será por un motivo especial.
Traer una pelota no tiene por qué ser una prueba de obediencia: también puede ser un juego, una forma de colaborar o un ejercicio de adiestramiento. Pero en esta película los intentos fallidos dejan algo importante a la vista. Por supuesto que Parker querría que Hachi colaborase, pero no le exige esa colaboración como precio para quedarse. No lo castiga ni convierte su decepción en la certeza de que le ha tocado un perro que «no da la talla».
Acepta a ese animal concreto, no un catálogo de funciones caninas. Su negativa a traer la pelota también tiene cabida en esa aceptación.
III. Una rutina que nadie dispuso
Hachi empieza a acompañar a Parker a la estación todas las mañanas y a volver por la tarde para recibir aquel tren. Parker no le ha enseñado el camino ni lo ha adiestrado para que espere a una hora fija. Al principio incluso le dice que se vaya a casa. Solo después entran los dos en un ritmo que ninguno ha propuesto formalmente.
Parker no lo convierte en un número del que presumir. Sale por las puertas de la estación, saluda a Hachi y vuelven juntos a casa. El valor está en la propia repetición: un ser pasa a formar parte del modo en que otro regresa cada día.
Claro que los dos reciben algo: compañía, reconocimiento y alegría. Decir que entre ellos no hay intercambio no significa negar lo que se dan mutuamente. Significa que ninguno convierte sus cuidados en un pago sujeto a condiciones. Lo suyo no es un contrato en el que puedan calcularse las obligaciones y saldarse las cuentas.
IV. La película se niega a demostrar la utilidad de Hachi
La película no le reserva a Hachi ninguna escena en la que rescate a alguien, atrape a un ladrón, compita o trabaje. Muchos relatos de animales terminan demostrando que aquel animal merecía lo que se había gastado en él. Hachi, en cambio, parece mantenerse casi deliberadamente «improductivo».
Lo que recibe Parker no se puede separar de la existencia de Hachi y anotar en una lista de productos. La «compañía» no es un objeto que Hachi fabrique y luego entregue a Parker. Es algo que sucede cuando dos vidas recorren una y otra vez el mismo camino.
Por eso, defender esta relación aduciendo alguna utilidad oculta es perder de vista lo esencial. Lo importante no es que, en el fondo, Hachi aporte un valor superior a lo que Parker gasta. Es que aquí no hace falta ninguna auditoría.
V. La única vez que trae la pelota
La mañana en que muere Parker, Hachi se comporta de forma extraña. Intenta impedir la salida de todos los días, lo sigue hasta la estación con la pelota y, por primera vez, va a recogerla y se la trae. Parker se alegra tanto que se detiene a jugar un rato con él. Después sube al tren y le promete que volverán a verse a las cinco.
Esa tarde Parker no sale por las puertas de la estación. Se ha desplomado mientras daba clase y ya no volverá.
La película nos había preparado para esperar un «motivo especial», pero no nos lo revela. ¿Hachi ha percibido la enfermedad, teme la separación o simplemente obedece a un impulso que las personas no podemos descifrar? Todo lo que viene después da un peso enorme a aquel gesto. Pero no podemos proyectar lo que sabemos después hacia el pasado e introducirlo en la mente del perro de aquel momento.
Esta relación exige cuidados y también contención a la hora de interpretar. Hachi puede importarnos sin tener que volverse primero transparente para nosotros.
Este ensayo se basa en Siempre a tu lado (Hachiko) (Hachi: A Dog’s Tale, 2009), dirigida por Lasse Hallström y escrita por Stephen P. Lindsey. La película traslada la historia del Hachikō japonés a una pequeña localidad de Estados Unidos. Aquí se analiza esa adaptación de ficción, sin tratarla como un registro de hechos históricos.