Cuentos de hadas · 25
El sastrecillo cumple la tarea: ¿por qué el rey siempre añade otra?
«El sastrecillo valiente»: probar la propia capacidad no basta si quien pone la prueba nunca piensa aceptar el resultado.
Los dos gigantes ya han muerto. Los cien jinetes que acompañan al sastrecillo entran en el bosque y ven aquellos cuerpos enormes, los árboles arrancados y partidos. Él vuelve con ese resultado y reclama lo prometido: la princesa y medio reino. Pero el rey dice que aún falta algo. Hay un unicornio peligroso en el bosque y antes deberá capturarlo.
Si empezáramos aquí, veríamos a alguien que cumplió el trato y recibe una exigencia añadida a última hora. Pero en su cinturón sigue escrito «Siete de un golpe», y aquellos siete no eran más que moscas sobre la mermelada. Aprovechó el malentendido para salir del taller, asustar a gigantes y llegar a palacio. Criticar el incumplimiento real no exige blanquear ese comienzo como si hubiera sido enteramente honrado.
Tampoco son falsas todas sus habilidades. Entiende cómo otros juzgan por las apariencias, sabe cuándo presumir y cuándo apartarse, y transforma una prueba de fuerza desigual en otro juego. El gigante aprieta una piedra; él, queso. El gigante arroja una piedra; él suelta un pájaro vivo. Los gestos se parecen, pero no hacen lo mismo. El cuento nos deja ver el truco: no nos reímos porque creamos de verdad en una fuerza ilimitada.
Al principio el rey lo acoge de buena gana. Al oír que mata a siete de un golpe, cree que le servirá bien. Lo que lo hace cambiar es el miedo de los soldados: si discuten con él, temen que los elimine de un golpe, y todos piden irse. El rey no quiere perder el ejército, pero tampoco se atreve a expulsar directamente a alguien supuestamente tan poderoso. Busca otra salida.
De ahí la tarea de los gigantes. La seguridad pública importa de verdad: matan, roban e incendian por el bosque y sus alrededores. Pero el rey no busca solo comprobar la capacidad de un comandante. También espera que ese recién llegado tan incómodo muera allí. La recompensa se anuncia; el deseo de quitarlo de en medio se oculta. Una misma misión reúne dos expectativas contrarias: atraer al valiente y conseguir que no vuelva.
El sastrecillo acepta y lleva a los cien jinetes hasta el bosque, pero los deja fuera y va solo. Encuentra dormidos a los gigantes, sube a un árbol y les tira piedras por turnos. Cada uno cree que el otro lo provoca. Discuten, se empujan y acaban matándose mutuamente. Él baja, deja heridas de espada en los cadáveres y vuelve diciendo que ganó tras un combate feroz.
Ha eliminado a los gigantes, pero no combatió como lo cuenta. Los jinetes pueden verificar que el peligro terminó, no que cada fanfarronada sea cierta. Importa mantener esa diferencia: un resultado verdadero no vuelve verdaderas todas las historias sobre cómo se logró. Tampoco el método poco limpio devuelve la vida a los dos gigantes tendidos en el bosque.
Con el resultado delante, el rey debería afrontar las condiciones de su promesa. Pero no esperaba una tarea bien cumplida, sino un ejecutor que no regresara. El éxito deja intacto su problema. Por eso hace falta otra misión: no porque los hechos hayan mostrado que el criterio anterior era impreciso, sino porque, sea cual sea el resultado, sigue sin querer aceptar a esa persona.
Es una de las formas más agotadoras de la prueba interminable. Quien se somete a ella cree que solo le falta un poco, una tarea más para recibir reconocimiento; quien decide el criterio no piensa permitir que ninguna tarea cumplida cierre el proceso. Cuanto más se demuestra la capacidad, más peligrosa puede ser la prueba siguiente. Ya no se pregunta si puede hacerlo, sino si la otra parte permitirá que haberlo hecho cuente.
El sastrecillo no cae en ese agotamiento. Conserva la ligereza del personaje de cuento, toma un hacha y entra en el bosque del unicornio. Cuando carga la bestia, se esconde detrás de un árbol; el cuerno queda clavado en el tronco y él puede dominarla. Otra misión cumplida. El rey sigue sin pagar lo prometido: falta atrapar un jabalí que causa estragos. Esta sí será la última.
El jabalí también tiene más fuerza, pero él tampoco trata de vencerlo a fuerza bruta. Lo hace perseguirlo hasta una capilla, sale por una ventana y cierra la puerta. Los gigantes se consumen en su furia recíproca; el unicornio queda atrapado por su propio impulso; el jabalí, por puertas y muros. Las tres tareas muestran una habilidad real: reconocer las condiciones en que una gran fuerza pierde precisamente su ventaja.
Criticar que el rey cambie las exigencias no requiere presentar al sastrecillo como héroe sin mancha. Usa tretas, finge y exagera. No necesita encarnar nuestra imagen del carácter más puro para pedir que los demás respondan al resultado pactado. Si únicamente quien nunca ha presumido pudiera reclamar que no cambien las reglas, el poderoso siempre encontraría un defecto con el que aplazar eternamente cualquier promesa.
El miedo del rey tampoco es imaginario. Los soldados han sido engañados, el reino puede perderlos y dar demasiado poder a un desconocido implica peligros. Pero esas razones deben exponerse y tratarse, no esconderse en exámenes aparentemente justos. Investigar una identidad sigue siendo distinto de prometer públicamente una recompensa mientras se espera en secreto la muerte del enviado.
Tras la tercera tarea, al rey se le acaban las excusas. Hay boda y el sastrecillo triunfa. Podemos alegrarnos de que el débil no haya sido destruido por el poder y los monstruos. Es la dirección cómica del cuento; no hace falta convertirla en una denuncia de toda victoria como sospechosa. Pero ahora aparece la princesa prometida: tampoco puede quedar como el último premio con el que verificar la palabra del rey.
El rey ofreció a su hija y medio reino; él exige la promesa completa. Ella no participó en fijar esas condiciones. Señalar que el rey no puede retractarse indefinidamente no equivale a decir que la princesa deba casarse con el vencedor. Quienes quedan afectados por una promesa no ocupan necesariamente el mismo lugar. Se puede exigir al que promete que responda y reconocer a la vez que nunca debió decidir por otra persona su matrimonio.
Después de la boda, ella oye a su marido hablar dormido del taller y descubre su origen. Se queja a su padre; el rey prepara un plan para atarlo mientras duerme y enviarlo lejos en un barco. Su rechazo incluye desprecio hacia el oficio, pero también el descubrimiento, ya casada, de que no conocía de verdad al otro. Haber resuelto peligros del reino no le quita para siempre el derecho a que él no le guste.
Un servidor avisa al sastrecillo. De noche finge dormir y convierte sus supuestas palabras a los aprendices en una representación para quienes escuchan. Presume a voces de gigantes, unicornio y jabalí, preguntando cómo podría temer a quienes esperan fuera. Los raptores huyen asustados y no vuelven a intentarlo. No se aclara toda la verdad, no se intercambian disculpas ni él renuncia de pronto a lo obtenido. Así conserva el trono.
Vence todavía quien sabe manejar malentendidos. Eso no contradice la injusticia sufrida. Alguien puede padecer unas reglas tramposas y proteger después su posición con medios deshonestos. Una treta puede impedir un secuestro y mantener una idea exagerada de su capacidad. La risa nace de esos cruces: no hace falta encerrarlo para siempre en la casilla de víctima o de embustero para entender lo ocurrido.
Ahora sí tiene experiencia resolviendo tres peligros, pero «siete de un golpe» sigue sin significar siete personas. Las habilidades adquiridas después no cambian retroactivamente el número ni la especie de las moscas. A la inversa, recordar la primera fanfarronada no permite fingir que nunca consiguió nada más. Evaluar a alguien exige seguir sus acciones, no dejar que una frase inicial nombre de antemano todos los hechos posteriores.
El problema principal tampoco es cuántas pruebas añade el rey. Un puesto complejo puede requerir varias, y circunstancias nuevas pueden traer exigencias imprevistas. La diferencia es que aquí ya se dijo qué se daría por qué tarea, pero el final se desplaza después de cada resultado y la intención sigue siendo impedir que el sastrecillo permanezca. Cuando ningún éxito puede cerrar la prueba, esta se convierte en otra forma de expulsión.
Su ingenio de cuento lo saca del aprieto. En la vida real no siempre encontraremos el árbol adecuado o una capilla con ventana lateral. Pero la historia permite que cierto cansancio no se explique solo como incapacidad: a veces la demostración no acaba nunca, no porque aún no seamos bastante buenos, sino porque quien la exige no piensa aceptar ningún resultado.
Al entrar el jabalí en la capilla, por fin puede cerrarse una puerta. En las tareas de los gigantes, el unicornio y el jabalí había una manera de llegar al final. Solo las pruebas del rey carecen de término propio: la promesa entra a regañadientes en vigor cuando se agotan las excusas. La suerte del sastrecillo no consiste solo en resolver dificultades, sino en volver una y otra vez. Después de la risa queda la pregunta: unas reglas que prometen reconocer a quien lo consiga, ¿quieren de verdad dejar que alguien lo consiga?
Fuentes
Ensayo independiente en español a partir del texto chino completo, con la nota de versión íntegra. Conserva tanto el engaño del sastrecillo como la injusticia de las pruebas, sin convertir el premio prometido en un derecho al matrimonio de la princesa ni completar los silencios del cuento.
Nota de versión y lectura
Base textual: «Das tapfere Schneiderlein», cuento 20 de la séptima edición de los Grimm (1857), con referencia a la transcripción alemana y a una traducción inglesa de la misma edición. El texto chino conserva el malentendido de las siete moscas; la acogida inicial y el posterior intento de expulsión cuando los soldados piden marcharse; las tareas de gigantes, unicornio y jabalí; el relato falseado del combate; el plan de atarlo después de la boda y enviarlo lejos por barco; y su permanencia como rey. No convierte ese último plan en una ejecución ni trata el cumplimiento de las tareas como razón suficiente para obtener el matrimonio de otra persona.