Cuentos de hadas · 17
Al este del sol y al oeste de la luna: le piden confianza sin contarle todas las consecuencias
Al este del sol y al oeste de la luna · Una advertencia no equivale a conocer un acuerdo cuyo plazo y consecuencias solo se revelan después de incumplirlo.
Antes de caer las tres gotas de cera, la muchacha no sabe que solo debe esperar hasta cumplirse un año. Sabe que escuchar a solas los consejos de su madre traerá desgracia a ambos. También que cada noche un hombre se acuesta a su lado, aunque nunca le ha visto la cara. Cuando la vela ilumina al príncipe dormido y gotea sobre su ropa, ya es tarde. Él despierta y explica entonces el plazo del hechizo y la consecuencia: debe ir a otro castillo y casarse con una princesa trol.
Leemos Al este del sol y al oeste de la luna en la traducción inglesa de Dasent del cuento noruego. No empieza con la búsqueda solitaria de un príncipe, sino con una familia pobre, muchos hijos y escasa comida y ropa. Una noche de lluvia y viento aparece un oso blanco. A cambio de la hija menor hará ricos a todos. El padre no contesta por ella: entra a preguntarle. La primera respuesta es un no claro.
Pide al oso que vuelva dentro de una semana. Durante esos días insiste en la riqueza familiar y la buena vida que ella tendrá. Finalmente acepta, lava y remienda sus prendas y se prepara para partir. La persuasión no vuelve inexistente su respuesta. Tampoco el sí final borra la pobreza y las esperanzas familiares anteriores. Elige acompañarlo, pero no ha dispuesto ella las condiciones en que puede elegir.
El oso la lleva a un castillo en la montaña, lleno de oro, plata y comida. Una campanilla de plata permite pedir cuanto necesita. De noche, sin embargo, un hombre solo aparece una vez apagada la luz y se va antes del amanecer. Ella pasa los días sola por las habitaciones espléndidas. Tiene comodidades desconocidas en casa, pero extraña cada vez más a padres y hermanos y quiere saber quién comparte sus noches.
Al verla triste, el oso acepta llevarla de visita, a condición de que no hable a solas con su madre. Describe incluso cómo esta la tomará de la mano para llevarla a otra habitación. Ella promete y consigue evitarlo varias veces. Ahora su familia vive bien y le da las gracias. Ella solo puede decir, en general, que le va bien. Las mejoras materiales son fáciles de contar; la soledad diurna y el desconocimiento del compañero nocturno necesitan otra conversación.
La madre acaba logrando que lo cuente. Teme enseguida que su hija duerma con un ser terrible y le entrega un cabo de vela para encender mientras duerma, cuidando de no derramar cera. No es mera curiosidad ni intención de separarlos. Quiere que su hija sepa cómo vive. Pero querer proteger no vuelve correcto todo consejo: tampoco ella entiende cómo funciona la magia del castillo.
Durante el regreso, el oso pregunta si ha hecho caso a su madre. Ella lo niega. No debemos borrar esa mentira. Tiene preguntas y razones para querer ver a su compañero; en vez de llevarlas a una conversación común, vuelve con un plan oculto. Por la noche enciende la vela, descubre al hermoso príncipe y se inclina a besarlo. Caen tres gotas. Querer saber y decidir qué hacer una vez visto se separan de nuevo en ese instante.
Su reproche tiene objeto real: ella no obedeció la advertencia ni respondió sinceramente. Haber sido advertida no es, sin embargo, conocer todas las consecuencias del acuerdo. Lo anunciado era que quedarse a solas con la madre les traería desgracia. Lo del oso de día y hombre de noche, el año para romper el hechizo y la boda en otro lugar se explica después del daño. El desastre no permite convertir retrospectivamente esos dos grados de conocimiento en uno.
¿Por qué no lo explicó antes el oso? El texto no responde. No podemos inventar que explicarlo habría roto la magia, ni afirmar sin más que contarlo todo carecía de riesgo. Sí sabemos que se le pidió mantener un arreglo que no entendía por completo. Que ella responda por haberlo incumplido no hace desaparecer la pregunta por el lugar de quien disponía de la información.
Él debe irse. Ella pide acompañarlo y él se niega. Pregunta entonces el camino, dispuesta a buscarlo sola, y recibe una dirección casi inútil: al este del sol y al oeste de la luna. Al despertar han desaparecido príncipe y castillo. Está en el bosque con las viejas prendas que trajo de casa. Su familia no ha vuelto a la pobreza, pero ha desaparecido la vida que ella llevaba. Debe encontrar cómo seguir.
Se pone en marcha, no se queda esperando perdón. Tres ancianas le prestan caballos y le dan una manzana de oro, un cepillo de cardar de oro y una rueca de oro. Ninguna conoce todo el camino; cada una la envía a quien quizá sepa más. Después los vientos del este, oeste y sur van pasando la petición. Su constancia importa, pero no se transforma por sí sola en distancia recorrida. Muchos seres ajenos a ella prestan ayudas limitadas.
Solo el viento del norte ha llegado allí y recuerda haber agotado sus fuerzas. Le pregunta si se atreve. Ella dice que no tiene miedo y al día siguiente asciende con él al cielo. La grandeza de la travesía no comprende solo su aventura: Dasent dice que el viento derriba bosques y casas y hunde cientos de barcos. Ella se aproxima al castillo; otras vidas sobre tierra y mar también cambian por esa ayuda.
No se dice si prevé los daños o puede limitar al viento. No hay que atribuirle una petición deliberada de toda la destrucción ni convertir al viento en un transporte sin coste para nadie más. Decir que acepta un riesgo responde, primero, a su propio miedo. Las vidas que nunca participaron en la pregunta y quedan dentro de la tormenta no han consentido por el hecho de que ella encuentre al príncipe.
El viento la deja bajo una ventana, exhausto. La manzana de oro atrae a la princesa de larga nariz que va a casarse con el príncipe. La muchacha no pide dinero, sino una noche junto a él a cambio del tesoro. Entra, lo llama, lo sacude y llora contando el viaje. No despierta. La segunda noche entrega el cepillo y recibe el mismo silencio. Ha llegado sin que por eso se restaure la relación.
Podríamos imaginar que todavía no ha dado bastante y que más perseverancia obtendrá respuesta. El obstáculo es más concreto: lo han drogado para dormir. No la oye porque no puede, no porque falte sinceridad en su voz. No despertarlo tampoco significa que aún no haya viajado suficiente. Quien controla habitación y bebida mantiene su cercanía reducida a cuerpos presentes sin conversación.
Quienes están presos en el cuarto contiguo oyen el llanto y se lo cuentan al príncipe. La tercera noche ella ofrece la última pieza, la rueca. Él finge beber y tira el contenido. Esta vez espera despierto, oye lo ocurrido y reconoce a quien volvió por él. La situación mejora no porque el sufrimiento alcance una cuota, sino porque la información cruza el bloqueo y otra persona empieza a colaborar.
Acuerdan usar la camisa manchada de cera. Él declara que solo se casará con quien la lave. La princesa de larga nariz y su madre fracasan; la muchacha la deja limpia. El cuento explica esta prueba mágica mediante la diferencia entre cristianos y troles. No es un examen neutral de capacidad laboral válido en cualquier época. Abre una salida sin dictar una regla general por la que quien más trabaje merezca más amor.
Los troles se destruyen en su furia. Ambos liberan a los demás presos y se marchan con los tesoros. Podemos aceptar su felicidad final. Mirando el recorrido, no obstante, el cambio decisivo ya había ocurrido la noche en que él permaneció despierto. Ella deja de adivinar sola una regla, romperla y pagar con toda su vida. Por fin conocen lo que sabe el otro y planean juntos el paso siguiente.
Eso no elimina la primera mentira, ni demuestra que la madre siempre tuvo razón, ni vuelve ficticia la advertencia del oso. Ella ocultó, el consejo materno produjo pérdidas y la advertencia tenía fundamento. Pero responder por una relación no puede reducirse a obedecer sin conocer plazo ni consecuencias. No necesita necesariamente todos los secretos de inmediato. Necesita entender suficientemente en qué participa, qué puede preguntar y quién conoce los riesgos.
Tampoco basta que quien cometió el error sufra sin descanso. Viaja, arriesga y entrega los objetos que hacen posible el reencuentro; todavía hacen falta mensajes de otros y que él rechace la bebida, la reconozca y salga con ella. Reconocer su esfuerzo no significa que cualquier silencio merezca una espera sin límite. Reconocer lo que él sufre tampoco lo condena a ser siempre alguien que aguarda rescate.
La primera vez que encendió una luz vio un rostro y perdió su casa. La tercera vez encuentra a alguien que ya sabe de su llegada y ha actuado para poder escuchar. La luz no resolvió todo al principio; estar despierto cambia después la relación. El camino hacia el futuro ya no depende de que ella mantenga sola un arreglo secreto: parte de una situación que ambos pueden comprender y de la que pueden salir juntos.
Fuentes
Ensayo español completo e independiente del chino publicado, limitado a la traducción identificada en la nota. Conserva las respuestas de ambos, los límites de lo que saben y las pérdidas de quienes no participan en el acuerdo. No rellena reglas mágicas ni conversaciones ausentes, ni convierte la reparación en un deber de sufrimiento sin límite.
Nota de versión y lectura
La base es East o’ the Sun and West o’ the Moon de la tradición recogida por Asbjørnsen y Moe, limitada aquí al relato completo de la traducción de George Webbe Dasent en Popular Tales from the Norse. Se conservan la negativa inicial y la aceptación una semana después, la advertencia previa sobre la madre, el año y las consecuencias matrimoniales revelados después de la vela, los daños a terceros causados por el viento del norte, los tres objetos de oro, el aviso de los presos vecinos y la decisión del príncipe de evitar la bebida. No se inventa una regla mágica que impida al oso explicar, ni se vuelve neutral la prueba de lavado ligada a la identidad religiosa. Se responde por esta traducción inglesa identificada, no por todas las variantes noruegas u orales.