Zilu pregunta por dónde empezaría Confucio si gobernara Wei. «Por rectificar los nombres», responde, para irritación de su alumno. Pero Wei estaba dividido entre un padre exiliado que volvía por el trono y el hijo que lo ocupaba. Saber quién era soberano y qué mandato valía no era un lujo verbal.

Cuando nombres y actos se separan, el discurso se confunde, los asuntos fracasan, las penas pierden justicia y la gente ya no sabe dónde colocar manos y pies. El final del razonamiento no es la eficacia administrativa, sino la desorientación que soportan las personas corrientes.

La cadena tan ordenada quizá lleve una mano editorial. La exigencia central permanece: antes de que una acción se disfrace de necesidad, hay que poder decir quién la ejecuta y bajo qué autoridad. En las crisis públicas, los cuerpos terminan pagando contradicciones que el lenguaje oficial quiso aplazar.

Reescritura española independiente a partir de las ediciones china e inglesa. El desarrollo completo se encuentra en la edición de investigación al final de la serie.