044 / 108 · Trazar los límites de la verdad
Hume: despierto
De las causas y el yo a una partida entre amigos: seguir pensando y viviendo sin una garantía final.
I. Una llamada que tardó en oírse
En 1739–1740, un escocés que aún no ha cumplido treinta años publica el Tratado de la naturaleza humana. Hoy cuesta hablar de filosofía sin pasar por ese libro. Entonces, el mundo parece tener otras cosas que hacer.
Mucho después, Hume lo recordará como una criatura que salió sin vida de la imprenta. Habla un autor decepcionado, no alguien que presenta un recuento fiable de lectores. Pero se entiende la sensación: creer que uno ha llegado a algo importante y encontrar silencio al otro lado de la mesa.
Sigue escribiendo. Ensayos, argumentos rehechos, más adelante historia. La escasa respuesta a un libro no decide cuánto puede contener una vida. Todavía queda trabajo después de que no lleguen los aplausos esperados.
Kant reconocerá luego que Hume interrumpió su sueño dogmático. La frase invita a imaginar una tarde perfecta para una biografía: abre el libro, despierta y comienza el camino hacia las tres Críticas. La formación de un pensamiento no cabe responsablemente en una escena tan ordenada.
Sin embargo, despertar es una buena palabra. Hume no se limita a cambiar nuestra respuesta por la suya. Encuentra debajo de ella una pregunta que no habíamos escuchado. De pronto, lo familiar necesita una explicación.
¿Por qué estás tan seguro? No hace falta que levante la voz. Una vez que la pregunta se oye de verdad, lo difícil es volver a dormirse.
II. Por qué se mueve la segunda bola
Una bola de billar golpea otra y la segunda empieza a moverse. Lo hemos visto muchas veces. Antes del choque ya esperamos el movimiento: el pensamiento termina una escena que los ojos todavía están siguiendo.
Hume pregunta qué hemos observado exactamente. Posiciones, contacto, desplazamientos, una cosa después de otra. Pero ¿dónde aparece la necesidad que obligaría al segundo acontecimiento a seguir al primero? ¿En qué rincón de la mesa se ve ese tener que?
No nos pide negar los choques ni despedir a la física. Pregunta por el paso de los casos observados a los que aún no hemos visto. ¿Qué garantiza que la próxima ocasión se parecerá a las anteriores?
La experiencia, respondemos: hasta ahora ha sucedido así. Pero al usar los éxitos anteriores para garantizar los futuros ya damos el paso que queríamos justificar. La pregunta vuelve a entrar por la puerta de la respuesta.
Tenemos excelentes razones para esperar que mañana salga el sol. La astronomía no está al nivel de una ocurrencia. Sin embargo, un respaldo empírico muy fuerte no equivale a una demostración cuya negación produzca una contradicción lógica. Hume separa esas seguridades; no las tira juntas a la basura.
La costumbre ayuda a explicar cómo pasamos de un hecho a esperar otro. Nadie demuestra primero la validez de la inducción para después coger una taza. Eso no convierte cualquier expectativa en acertada: una taza puede estar agrietada y un remedio no funcionar. Los hechos siguen necesitando examen.
III. Al mirar hacia dentro
Apartemos la vista de la mesa. Aunque el fundamento del mundo resulte incierto, alguien debe de estar aquí haciéndose preguntas. El yo parece el último lugar donde poner el pie sin pedir una garantía adicional.
Hume mira dentro y encuentra frío, dolor, alegría, un pensamiento. Siempre una experiencia concreta. No encuentra además un dueño simple e inmutable, separado de esas experiencias, que las contemple pasar desde su asiento interior.
Su conocido haz de percepciones cuestiona nuestra supuesta familiaridad con esa sustancia permanente. No autoriza a anunciar que las personas no existen, mucho menos a concluir que sus sufrimientos o sus derechos pueden dejar de importar.
Tampoco hallamos, junto a dos amigos, un objeto independiente llamado amistad. Y aun así una despedida duele. La comparación no demuestra ninguna teoría del yo: solo evita confundir una dificultad conceptual con la cancelación de una vida.
Hume tampoco da el trabajo por terminado. En el Apéndice del Tratado reconoce que no logra explicar satisfactoriamente cómo se enlazan las percepciones distintas. Desarmar una unidad aparente no basta para dar cuenta de lo que las mantiene juntas.
Conviene conservar esa pausa. El hombre que pide razones a los demás se detiene también ante su propia respuesta. Deja un problema real para quienes vienen después, no una representación de modestia con la solución escondida en el bolsillo.
IV. Otra visita a la caverna
Platón precedía a Hume en esta serie. Tras leer la caverna, dan ganas de ponerlos frente a frente. Lo que sigue es nuestra comparación entre dos lecturas, no una conversación que Hume dejara escrita.
Platón pregunta cómo pasar de las apariencias a una comprensión más fiable. Hume podría preguntar al que vuelve de la luz: ¿por qué tu nueva comprensión quedaría exenta de examen? Haber salido una vez no responde a todas las preguntas.
No estamos ante un creyente en la verdad y un hombre que no cree en nada. Platón también pone en dificultades sus propias propuestas; Hume distingue las pruebas mejores de las peores. Su distancia tiene que ver, entre otras cosas, con la garantía final que esperamos conseguir.
La deseamos por motivos muy humanos. Con un fundamento definitivo quizá actuar diera menos miedo, quizá nuestras pérdidas encontraran sitio en una explicación completa. Pero que una explicación nos tranquilice no basta para hacerla verdadera.
Hume frena el movimiento casi imperceptible que lleva de así lo entiendo a no puede ser de otra manera. No necesita probar que todo es sombra para revisar el certificado de quien asegura haber escapado de ellas.
¿Qué hacemos con el espacio que queda? Otro pensador se apresuraría a levantar un edificio nuevo. La siguiente escena de Hume resulta menos solemne: hay personas reunidas alrededor de una mesa y empieza la comida.
V. Se va a cenar
Al final del primer libro del Tratado, la duda no tiene nada de juego decorativo. Hume describe la pérdida de orientación ante su existencia, los demás y la fiabilidad del razonamiento. Hay una dificultad filosófica seria; no hace falta convertirla en diagnóstico clínico.
Después come, juega al backgammon y conversa con amigos. Pasan unas horas y las especulaciones ya no lo aprietan igual. Es backgammon, no billar. El billar aparece al hablar de las causas; las dos mesas tienen funciones distintas y no conviene confundirlas.
Una partida no refuta el escepticismo. Las fichas no entregan el fundamento que le falta al universo. Una carcajada no completa la explicación de la identidad personal. Las preguntas siguen ahí, solo que ya no ocupan toda la habitación.
Una persona no es un argumento obligado a seguir descendiendo sin descanso. Tiene hambre, se ríe, una voz llama su atención. Esas cosas no son meras interferencias en el pensamiento: forman parte de la vida de quien piensa.
Hume también vuelve a filosofar. La soledad, una lectura y la curiosidad lo llevan de nuevo a sus dificultades. El Tratado no acaba con una dimisión definitiva de la filosofía. Le devuelve un lugar en un ritmo que incluye otras tareas y otras personas.
Esta mesa ofrece una vía distinta de las reflexiones de Schopenhauer sobre el arte o de Kierkegaard sobre la fe. No hace falta convertirla en una cura superior a las suyas. La invitación es pequeña: sin garantía última, todavía podemos escuchar con atención a un amigo esta noche.
VI. Lo que hizo el hombre despierto
Kant no se queda en la cena. Recoge la dificultad: si la necesidad causal no se obtiene simplemente acumulando observaciones repetidas, ¿cómo es posible conocer la naturaleza? Para él, aquí empieza otra tarea y no termina la discusión.
No restaura sin más las viejas seguridades. Se vuelve hacia las condiciones que permiten una experiencia inteligible. La causalidad ocupa entonces el lugar de una categoría del entendimiento, no solo el de una expectativa que hemos practicado muchas veces.
Importa mantener una distinción. En Kant, espacio y tiempo son formas de la intuición sensible; la causalidad es una categoría del entendimiento. Llamarlo todo categorías borra parte del argumento. A priori tampoco significa sencillamente piezas instaladas en el cerebro al nacer.
Conocer deja de parecer la copia de un mundo realizada desde algún puesto exterior a él. Pero el giro tiene un límite: las condiciones de la experiencia posible no conceden automáticamente conocimiento de cuanto queda más allá de ella.
Tampoco un principio causal general nos dice qué medicamento funcionará o por dónde pasará una tormenta. Los conocimientos concretos requieren investigaciones concretas. Kant no entrega al científico un permiso para dejar de observar y experimentar.
Antes encontramos en esta serie a Nishida, preguntando por la experiencia anterior a la separación entre sujeto y objeto. Juntarlos muestra una pregunta que cambia de dirección, no una sucesión de vencedores que borran a sus predecesores. A la llamada de Hume responden puertas diferentes.
VII. Una silla para Sócrates
Si pudiéramos añadir otro comensal, invitaría a Sócrates. Los dos saben volver difícil de terminar una frase que acababa de parecernos obvia. Una palabra conocida deja de prestar obedientemente sus servicios.
Sócrates pregunta qué son el valor, la justicia o el bien que sus interlocutores creen conocer. Hume examina nuestra confianza en las conexiones necesarias y el yo permanente. Uno detiene la conversación; el otro detiene al lector ante el funcionamiento de su propia mente.
Ninguna pausa equivale a no creer en nada. Sócrates mantiene compromisos firmes respecto a no cometer injusticia. Hume no pone la investigación cuidadosa al nivel de una adivinanza. Carecer de una respuesta última no borra la diferencia entre buenas y malas razones.
Sus situaciones siguen siendo distintas. Un tribunal ateniense y el mundo editorial del siglo XVIII no son decorados intercambiables. El parentesco está en no permitir que lo familiar quede libre de examen, no en que dos doctrinas digan exactamente lo mismo.
Pero preguntar también puede convertirse en una forma de dominar. Si siempre exhibo tus errores y nunca arriesgo mi propia palabra, acabas sirviendo de material para mi inteligencia. Eso ya no es buscar razones juntos.
Por eso importa la mesa. Después de interrogar a alguien, ¿podemos sentarnos a su lado? No todas las disputas admiten reconciliación. Aun así, la persona de enfrente no debería reducirse a un problema dispuesto para que luzca nuestra habilidad.
VIII. La amabilidad no absuelve
La sociabilidad de Hume contrasta de manera atractiva con la severidad de sus preguntas. Es fácil encariñarse con ese contraste y transformarlo, sin darse cuenta, en una absolución: alguien tan afable no puede haber dejado juicios verdaderamente dañinos.
Su ensayo Sobre los caracteres nacionales deshace ese retrato cómodo. Contiene un prejuicio racista de inferioridad natural. No basta aludir a la época para quitarle importancia. El examinador de pruebas insuficientes se apoyó en observaciones parciales y sesgadas para juzgar a poblaciones enteras.
Ese fracaso exige dirigirle sus propias preguntas. Saber dudar no da derecho a una exención permanente. Ser agradable con los amigos no retira a las personas despreciadas por una generalización el derecho a rechazarla y pedir cuentas.
También hay que examinar la costumbre. Hace posible la vida cotidiana, pero puede vestir los prejuicios de sentido común. Explicar cómo se formó una creencia no equivale a justificarla. Siempre lo he pensado así puede ser la señal para empezar de nuevo.
Quiero conservar la amabilidad del retrato sin convertirla en inocencia. Alguien puede legarnos preguntas valiosas y juicios indefendibles. No tenemos que aceptar los segundos como precio por aprender a trabajar con las primeras.
Lo que merece acompañarnos no es la confianza en el nombre de Hume. Es la libertad de pedir razones a cualquier nombre, sobre todo cuando sus palabras ayudan a decidir qué personas merecen ser consideradas iguales.
IX. Edimburgo y una silla libre
Hume muere en Edimburgo el 25 de agosto de 1776, a los sesenta y cinco años. Adam Smith contará su última etapa en una carta, incorporando también el testimonio del médico Joseph Black.
Es el relato de un amigo, no un instrumento capaz de registrar todos los rincones de una conciencia. Muestra a un enfermo que todavía conversa, bromea y sigue en relación con otros. No demuestra que nunca haya sentido miedo.
Su muerte tampoco resuelve una controversia religiosa. La serenidad no certifica todas las opiniones de quien muere; el miedo no rebaja el valor de otra vida. Morir no es la ronda final de una competición filosófica.
Leída junto al último día de Sócrates, la escena me conmueve por otro motivo: las explicaciones quedan incompletas y las personas aún tienen cosas que decirse. Un amigo no necesita traer una teoría suficiente de la muerte para quedarse.
Ahora viene el puente imaginario de esta serie, no un encuentro histórico. Hume llega con un juego de backgammon. Platón y Sócrates están conversando. Deja el tablero a un lado y acerca una silla.
No anuncia que acaba de demostrar sus errores. Pregunta si alguno quiere jugar. Platón puede aceptar sin renunciar a sus preguntas; el pensamiento continúa mientras avanza una ficha. No se exige entregar toda una filosofía a la entrada.
¿Aguantará siempre el puente? ¿Qué vendrá después de la partida? No hay garantía final. Pero cuando le toca al otro, hay que esperar y dejarlo decidir. Ese gesto no exige haber cerrado antes las cuentas del universo.
Hume no nos invita a dejar de pensar. Abre un espacio entre no haberlo entendido todo y no poder seguir viviendo. Hablar con cuidado, dejar sitio a las preguntas. La silla está preparada; otra persona aún puede elegir si quiere sentarse.
Notas de lectura y fuentes
El Tratado apareció en 1739–1740. Mi vida fue escrito en 1776 y publicado en 1777; su relato de la recepción del libro es retrospectivo, no un recuento de lectores.
Para las causas y la costumbre: Investigación, IV–V. Para el yo: Tratado 1.4.6 y Apéndice 10–21. Para el backgammon y el regreso a la filosofía: 1.4.7.9–12. El reconocimiento de Kant está en el prefacio de los Prolegómenos; sus dos primeras partes distinguen formas de la intuición y categorías.
El juicio racista figura en una nota de Sobre los caracteres nacionales. La carta de Smith del 9 de noviembre de 1776 incorpora un informe de Black. Las comparaciones entre filósofos pertenecen a la lectura de este ensayo, no equiparan sus doctrinas. El encuentro final en el puente es ficticio.
Hume, Mi vida · Hume, Investigación sobre el entendimiento humano, IV · Hume, Investigación sobre el entendimiento humano, V · Hume, Tratado, 1.4.6: identidad personal · Hume, Tratado, 1.4.7: duda y vida cotidiana · Hume, Apéndice al Tratado · Kant, Prolegómenos a toda metafísica futura · Hume, Sobre los caracteres nacionales, incluida la nota racista · Adam Smith a William Strahan, 9 de noviembre de 1776
Reescritura española independiente. Fuentes, citas y notas detalladas en la edición china e inglesa。